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Fútbol en la Villa 31: ellas también juegan

Al margen de la violencia y la marginalidad, el primer equipo femenino del asentamiento desafía el machismo y entrena cada semana para hacer del fútbol una cuestión de mujeres.

24 de abril de 17 . 12:53hs
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Paz Paniego

Angela tenía 11 años y tanta energía que su padre la tenía que sacar de los pasillos de la Villa 31 y llevarla al más espacioso Parque Thays para enseñarle a patear la pelota. A esa temprana edad, el fútbol ya era un condimento esencial de su vida, aunque jugaba rodeada de hombres: ellos eran los únicos convocados para los picados organizados en el barrio.

Hoy Ángela tiene 18 años y se para frente al punto del penal. Cuando empalma la pelota con sus botín, tal vez, recuerda aquellas primeras lecciones de su papá. Lo seguro es que patea con alma y vida por sus colores, los del Club Padre Carlos Mugica, donde juega el primer equipo femenino de la Villa 31. 

Frente a ella espera agazapada Carolina, quien hace unas horas cambió el uniforme de trabajo por un su buzo de arquera para ir a entrenar como todas semanas a este predio donde más de 300 chicos practican el deporte más popular del mundo.

Carolina tiene 25 años y vive en un sector llamado Inmigrantes. Para llegar desde su casa el club tiene que atravesar caminando toda la villa. Pero ni eso, ni el cansancio después de haber trabajado durante todo el día en una cooperativa de limpieza, opacan las ganas de entrenar todos los martes y jueves por la noche junto a sus compañeras de equipo.

El deporte se posiciona como una herramienta clave para el desarrollo de niños y jóvenes de la villa más emblemática de la Argentina, en un contexto donde el consumo de drogas comienza debajo de los 11 años, según los asistentes sociales consultados por ACONCAGUA.

Cada tarde, los potreros del barrio –hay unos 25 en las 45 hectáreas que abarcan la 31 y la 31 bis– explotan de “profes” o “referentes” que llevan adelante actividades deportivas y culturales. Pero el Club Padre Carlos Mugica propone dar un paso más: además de lo recreativo, la institución busca dar un acompañamiento integral a los chicos que participan y también a sus familias, a través de un equipo de profesionales y trabajadores sociales que hacen un seguimiento de cada caso.

De lunes a viernes, a partir de las 17:30 hs. la cancha del Mugica empieza a llenarse de chicos que entrenan fútbol, hockey, boxeo, vóley. Hay para todas las edades: desde niños que vuelven de la escuela, hasta grupos de madres que comienzan tímidas y se sorprenden entre risas cambiando las preocupaciones domésticas por una pelota.

Cada franja etaria está organizada en distintos turnos para que haya espacio para todos en la única cancha que tiene el Club, que de a ratos queda chica para una comunidad que, según datos del gobierno porteño, ronda los 50.000 habitantes.

A través del deporte salen otras cuestiones: acá en la cancha se ponen en palabras temas de violencia doméstica.

El último turno de entrenamiento está reservado para “las más grandes” del fútbol femenino. Allí están Ángela y Carolina entrenando mientras empieza a caer el sol y se prenden las tenues luces de la cancha, que completa su iluminación con los autos que circulan hacia Zona Norte por la Autopista Illia.

A su edad, ya no son los padres quienes impulsan el deporte en ellas, sino que la pelota se vuelve una elección de vida entre las responsabilidades del trabajo, el estudio, y la casa para quienes ya llevan una vida en pareja.

“Siempre buscábamos canchas para jugar en el barrio, pero los hombres no nos dejaban jugar, así que hoy tener nuestro espacio en el club es buenísimo”, cuenta Carolina, quien ya lleva 15 de sus 25 años viviendo en la 31. No recuerda bien cuándo comenzó a jugar en el club, pero sí que ni bien pisó la cancha por primera vez, nunca más quiso dejarla. También recuerda que el año pasado conoció el mar cuando viajaron a Mar del Plata junto al equipo. Y que le dio terror.

“A través del deporte salen otras cuestiones: que a algunas chicas no las dejan salir solas, que quieren venir a entrenar pero dependen de un marido que no las deja, acá ponen en palabras temas de violencia doméstica… Y acá las ayudamos incluso a que puedan encontrar un trabajo y puedan ser independientes”, expresa Blanca Aguirre, vecina del barrio y una de las principales referentes del Club.

Por ejemplo, sumarse al equipo fue el puntapié inicial para que Ángela este año haya podido comenzar su carrera en el Profesorado de Educación Física Romero Brest, después de pasar las exigentes pruebas de ingreso: “Me gustaría con mi profesión poder ayudar acá en el barrio y, si puedo, también afuera”, explica la joven, quien hoy ya empieza a ejercer su vocación entrenando a las más chiquitas del club.

Para acompañarla en su pasión por la enseñanza está Romina, quien también es jugadora del equipo y está cursando su primer año de la carrera de Educación Inicial en la Universidad Católica Argentina y está convencida del poder transformador del deporte: “Todos lo dicen: jugás a la pelota y te olvidás de todo. Los padres tendrían que apoyar más a los nenes que quieren jugar porque cuando sean grandes van a sentir el compromiso del deporte en lugar de querer salir de fiesta”, explica.

Yanina y Diana viven a un par de cuadras del club. Su pasión por la pelota grita más fuerte y una pizca de creatividad alcanza para armar un estadio en el pasillo donde están sus casas. “Cuando tenemos educación física en la escuela siempre hay fútbol para mujeres y para varones. Pero yo siempre voy con los varones y les meto goles. Ellos dicen que soy la única que sabe jugar, pero no soy la única: hay muchas que saben y les da vergüenza”, agrega Yanina, quien con sus 11 años asegura que hoy “las chicas no juegan solo a las muñecas”.

El fútbol en la Villa 31 dejó de ser un deporte exclusivo para hombres. Con grandes dosis de sacrificio y pasión, también es una cuestión de mujeres. ^^^

Domingo

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