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Estudiar en las cárceles: un puente a la libertad

Unos 2000 presos estudian carreras universitarias en el penal de Devoto. La gran mayoría no vuelve a delinquir. Crónica sobre el poder transformador de la educación.

9 de Junio de 17 . 15:59hs
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Abril Phillips

Son siete rejas las que se tienen que atravesar para ingresar al Centro Universitario de Devoto (CUD). Siete, como si existieran para advertirle al visitante de un abismo que –en adelante– lo separará del afuera.

Lo cierto es que cada portón impone su cuota de escalofrío: no es frío de lluvia de invierno, es frío de encierro. Hasta que se cruza la última cortina de vallas oxidadas y los guardias quedan del otro lado de la reja.

Por aquí no pasa el personal penitenciario: el acceso es sólo para estudiantes y docentes universitarios.

Tras esos muros, 2176 presos cursan carreras como abogacía, administración de empresas, psicología, contabilidad y letras, entre otras.

Devoto es el único penal que queda en funcionamiento dentro de la Ciudad de Buenos Aires.

La iniciativa, única en el país, nació en 1985 en el marco del Programa UBA XXII de la Universidad de Buenos Aires (UBA), a partir del cual se dictan carreras de grado y cursos presenciales en establecimientos del Servicio Penitenciario Federal.

Con el tiempo, no sólo fue creciendo la cantidad de alumnos y graduados, sino que el programa se replicó en otras penitenciarías como Marcos Paz, y la Unidad 3 y 31 de Ezeiza. En total, ya son 500 los graduados.

“Con el regreso de la democracia, nos propusimos como Universidad estar en esta institución –la cárcel- para garantizar el derecho a la educación superior de aquellos que estaban privados de la libertad ambulatoria”, cuenta Marta Laferriere, directora del programa en diálogo con ACONCAGUA. Y agrega: “Los presos están privados de la libertad ambulatoria, no de otros derechos que el Estado debe garantizar”. 

El adentro

Sebastián, uno de los internos, es quien oficia de guía del recorrido las instalaciones.  Unos 1500mts de espacio autogestionado, es decir, donde no ingresa el personal penitenciario.

“Ésta es el aula de la Facultad de Económicas, ésta otra la de Derecho”, dice mientras avanza por los pasillos del único penal en funcionamiento dentro la Ciudad de Buenos Aires.

En frente, se puede ver las aulas de Filosofía y Letras, donde incluso se ofrecen cursos extracurriculares para no universitarios para que, aquellos que todavía no han terminado la escuela, puedan ir arrimándose a este mundo. Así es: también hay primario y secundario para adultos en Devoto.

El CUD no hay guardias; solo docentes.

Un dato de color: la primera biblioteca del Centro Universitario Devoto (CUD) fue donada por el escritor Ernesto Sábato, quién se conmovió al conocer la iniciativa de la UBA.

La amabilidad y la calidez parecen una constante en el CUD. Como queriéndole sacudir al visitante cualquier sensación de extrañamiento, sin saber que en verdad ya había quedado varada allí, en la última reja, junto con los uniformados.

Cuentan que es el cumpleaños de algún estudiante, y que por eso la música. A unos metros, hay una oficina de asesoramiento legal, “muchos de nosotros no podemos tener un abogado privado, entonces te dan una mano para seguir tu causa”.

Los primeros ejemplares de la biblioteca del Centro Universitario de Devoto fueron donados por Ernesto Sábato | FOTO: UBA

Todo estudiante universitario sabe que existe una regla tácita: las mejores charlas son esas que se dan en los pasillos. Es ahí donde, aparte del mate, se hacen circular las historias de Pali, de Juan, de Diego y, claro, de Sebastián.

Ninguno de los cuatro supera todavía los 25 años. Pero todos tienen cumplidos, por lo menos, cuatro años adentro. Cuatro años de nueve de condena, o cuatro de doce, o cuatro de una perpetua.

La palabra perpetua asociada a un pibe de veinte, cuando se le pone cara a quien la carga, hace que cueste terminar de pasar el sorbo de mate.

Hace también que el visitante se espabile y de cuenta de que la calidez del mate no es más fuerte que la rigidez de las paredes, de que está en una cárcel, de que los muchachos están encerrados hoy, mañana, y también lo estarán el día después. Por muchos años más.

Pali, a pesar de ser estudiante de Administración, podría dar cátedra de Derecho Penal: entiende y explica con una precisión minuciosa cada instancia de su causa.

Con esa misma elocuencia, también relata cómo es vivir detenido, las formas en que circulan la droga, la violencia y la corrupción dentro del penal, la mayoría de las veces disfrazadas de agentes penitenciarios.

Habla con firmeza, con convicción, tal vez por eso haya sido elegido por sus compañeros como el coordinador interno de su carrera: tiene semblante de líder.Pero su delito del pasado le resuena en forma de dolor: “Yo sé que me cagó la vida”, dice en voz baja.

Acá adentro –cuentan los estudiantes– el tiempo transcurre distinto: “De repente, se te pasan los años como días, se te pasa la vida. Y vos acá… Si no salís del pabellón, si estás todo el día ahí adentro, caes. Es muy fácil pudrirte acá”.

Por eso el CUD aparece como un espacio de libertad dentro del encierro. Es que, al valor que tiene el conocimiento como herramienta de empoderamiento, se le suman experiencias vitales que tienen que ver con lo más humano: la posibilidad de trazar puentes con el afuera.

Mientras que los agentes penitenciarios se les presentan como engranajes propios del sistema en el que están insertos, los docentes traen consigo algo que aquí adentro es invaluable: el perfume de la calle.

El afuera

Tanto para Víctor Castillo como para Cristian Cuevas, ex convictos de Devoto, el CUD significó algo más que la posibilidad de acercarse a la carrera de Derecho.

Víctor tiene 41 años y terminó el secundario en las calles de la Villa 31 de Retiro, donde también se encontró con el delito. “Yo creo que la escuela te contiene un poco. Yo no tenía mamá ni papá. Salí de la escuela y fueron dos o tres años en los que la vida se me fue para cualquier lado. Y ahí fue cuando caí detenido”.

Cuando se refiere al programa universitario de la cárcel, Víctor repite convencido: “es un lugar único en el mundo, un generador de oportunidades. Cuando estás adentro, es un oasis: en todos los pabellones hay violencia, hay tensiones, y vos salís de ahí y pasás todo el día en el CUD. No hay policías. Podés moverte tranquilo, caminar, sentarte, que el sol te pegue en la cara”.

Victor Castillo cayó preso en Devoto, se recibió en la Facultad de Derecho y hoy lidera una cooperativa para ayudar a ex convictos. | FOTO: ABRIL PHILLIPS

Y agrega: “Pero no sólo adentro. A mí me cambió la vida. Me dio la oportunidad de estudiar, de poder hablar, expresarme. Cuando empecé a meter materias, me di cuenta de que tenía la capacidad, de que yo podía. Me dio la oportunidad de seguir viviendo, de cambiar lo que hubiera sido mi destino: terminar muerto, en la cárcel, o arrastrando un carro de cartonero”.

Hoy Víctor es presidente de la Cooperativa El Salvador en la Villa 31, donde busca darle trabajo a ex convictos. “Tiene que ver con la resocialización, sabiendo que el pibe que tiene trabajo no va a robar; pibe que te agarra una pala o una escoba en vez de un arma, ya está”, sostiene.

Las cifras respaldan sus convicciones: según un estudio de la Facultad de Derecho de la UBA, la tasa de reincidencia de los presos que estudian una carrera en prisión es casi tres veces más baja que la de los presos que no estudian (15% versus 40%): la mayoría no vuelve a delinquir.

Terminó la carrera de Derecho no en la sede de Devoto sino en la de Figueroa Alcorta. “Desde acá, cruzaba esas vías y entraba a la Facultad; antes pasaba por esos mismos pasillos, pero iba a robar”, dice el abogado, desde la propia Villa 31.

El día que se recibió, recuerda, no dejó de llorar en todo el trayecto de vuelta. “Me abrió puertas que mucho tiempo tuve cerradas. Uno a veces vive la marginación dentro de la marginación. Pero cuando me recibí, sentí que mis vecinos ya me miraban de otra manera. Ahora me veían salir con traje. A mi hija antes le decían muchas cosas sobre su papá y después le pasaron a decir que su papá era abogado”.

Por su parte, Cristian tiene 33 años y se crió en La Boca. “A partir de los 11 años empecé a tener mis primeros inconvenientes con la ley, en robos, delitos menores, hasta que a los 15 conocí por primera vez un instituto de menores”, relata. Y agrega: “Las únicas personas que conocía era gente que estaba afanando como yo.”

Cuando cayó preso, se anotó en el secundario dentro de la cárcel como una forma de lograr salidas transitorias. El acercamiento a las aulas derivó en la inscripción en el CBC, lo que, a su vez, lo llevó a convertirse en estudiante de las carreras de Sociología y Derecho.

El Estado se dio cuenta de que yo existía recién cuando caí preso

Al salir de Devoto, con el título de abogado bajo el brazo, todo cambió, cuenta Cristian. Se vinculó con gente de otro entorno, de la academia: profesores, organizaciones políticas. “El Estado se dio cuenta de que yo existía recién cuando me vio preso. Antes no me vio, no se preocupó por mí ni por los chicos que crecieron conmigo que, de mi generación, la mayoría está muerto o sigue preso”, dice.

Sin embargo, Cristian es consciente que no fue sólo el CUD lo que le permitió torcer su historia. “Que yo haya vuelto a reincidir no sólo tiene que ver con el estudio, sino que fue fundamental haber conseguido trabajo, que es el principal problema al recuperar la libertad”.

Los puentes

Hay denominadores comunes que se reiteran y atraviesan estas trayectorias entrelazadas entre el adentro y el afuera, como si reafirmaran los surcos indelebles de la ausencia estatal: infancias y adolescencias marginales, atravesadas por la violencia naturalizada y el consumo problemático de drogas.

La falta de contención encuentra su correlato en la estrechez de los horizontes de vida posibles de las juventudes que habitan en los márgenes de la sociedad.

El CUD, entonces, emerge como una respuesta que esquiva lo meramente punitivo y, en cambio, propone reparar en aquellos vacíos que –las más de las veces- explican los puntos de encuentro entre la calle y la cárcel, para buscar ampliar ese repertorio de lo posible.

La tasa de reincidencia de los presos que estudian es 3 veces más baja que los que no lo hacen, según un estudio de la UBA.

En este sentido, Estela Cammarota –Coordinadora de la Facultad de Ciencias Económicas del UBA XXII-, explica cómo “la Universidad se está haciendo responsable de completar una educación que en algún momento se truncó”.

La docente sostiene que la práctica pedagógica debe funcionar no sólo en un plano académico, sino también trabajar en un marco de valores que aporten a transformar las dinámicas y prácticas que atraviesan las vidas de sus estudiantes.

Para Estela aquí está aquel por qué, lo que explica su trayectoria de 26 años como docente dentro de las cárceles: “Yo me prometí que seguía adelante si había alguien que, a partir del estudio, cambiaba su vida. Y me pasó. He visto cambiar muchas vidas”. ^^^

  • Redacción Aconcagua . 13:35hs

    Ojalá este modelo se replique en todas las carceles de la Argentina. Realmente una luz al fin del camino de toda esta gente. Muy interesante

Domingo

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