Durante años yo Papeleras Cáritas amarillasen Milán como en muchas otras ciudades italianas, fueron un punto de referencia para quienes querían dar una segunda vida, y de forma solidaria, a la ropa usada. Un gesto percibido como acertado, casi obvio: no en lo indiferenciado, sino dentro de un circuito que prometía reutilización, reciclaje y consecuencias sociales. Ese circuito cruje hoy. No por falta de ropa, sino por exceso de ropa inadecuada.
Cuando el sistema funcionó
La cadena de recogida textil solidaria se basó en un equilibrio preciso. Una parte limitada de la ropa se destinó a los guardarropas parroquiales; el resto alimentó los mercados de segunda mano, las selecciones industriales, la recuperación de fibras. un modelo capaz de reducir los residuos, crear empleo Y generar recursos económicos para proyectos sociales. La disposición final fue residual, marginal en costos y volúmenes.
Ese modelo entró en crisis a los pocos años. Los contenedores siguieron llenándose, pero su contenido cambió radicalmente.
El peso oculto de la moda rápida
Lo que obstruye la colección no es la ropa «vieja», sino prendas creadas para durar muy poco. Tejidos sintéticos, materiales compuestos, prendas de muy bajo coste que no pueden durar un segundo ciclo de vida y no pueden reciclarse de forma eficaz. De todos modos acaban en la basura, porque la legislación europea exige la recogida selectiva de los textiles. Pero una vez recolectados, se convierten en un problema.
Según datos publicados por Cáritas Ambrosiana y de las cooperativas sociales que operan en la cadena de suministro, la cantidad de material no recuperable ha crecido hasta representar una parte importante del total. Cuesta dinero deshacerse de él, y esos costos no están cubiertos por ningún mecanismo de responsabilidad pública o de los productores.
Más ropa, menos recursos
La paradoja es evidente: los volúmenes recolectados aumentan, el valor económico disminuye. En 2024, por ejemplo, la cooperativa Vesti Solidale registró un Aumento del 15% en cantidades y disminución del 7% en ingresos en comparación con el año anterior. Más trabajo, más camiones, más selección. Y menos recursos disponibles.
Cáritas Ambrosiana lo aclara claramente en un documento público: la ropa depositada en los casi 1.800 contenedores «Dona Valore» de la diócesis. La recogida tiene un resultado predominantemente industrial, compuesto por la reutilización y el reciclaje. Pero eso no lo hace menos ético. Al contrario, es precisamente esa transición la que genera empleo y fondos para el sector social.
Impacto social en riesgo
En 2023, las cooperativas de la Red Riuse dieron trabajo a 118 personas entre Milán, Bérgamo y Brescia, muchas de las cuales se encontraban en condiciones frágiles. De 1998 a 2024, sólo en la diócesis de Milán, el producto de la colecta han apoyado cientos de proyectos sociales y miles de beneficiarios. Un patrimonio construido a lo largo del tiempo, hoy puesto en entredicho.
La crisis de la cadena textil ya no es una hipótesis, sino una realidad que ya está provocando recortes y bloqueos en varias zonas de Lombardía, con efectos destinados a extenderse.
Una responsabilidad que no puede permanecer invisible
Si la colecta solidaria se detiene, se conocen las alternativas: incineradores y vertederos, más contaminación, más costes para los ciudadanos. Para evitar esto, necesitamos responsabilidad colectiva. Las instituciones deben acelerar la introducción de sistemas que obliguen a los productores, importadores y vendedores a asumir la responsabilidad del final de vida de las prendas. Los municipios pueden reconocer económicamente el servicio ambiental realizado por las cooperativas.
Pero parte de la respuesta también proviene de las elecciones diarias. Los contenedores amarillos no son contenedores de basura, recuerda Cáritas Ambrosiana. Y, sobre todo, seguir comprando ropa diseñada para convertirse en residuo en unas pocas semanas significa trasladar los costes medioambientales y sociales a quienes llevan años intentando gestionarlos.