Guatemala ha decidido no renovar el contrato de extracción de petróleo en un área de aproximadamente 30 kilómetros cuadrados dentro de la Laguna del Tigre, una de las zonas más delicadas del Reserva de la Biosfera Maya.
La suya es una opción clara: renunciar al petróleo para fortalecer la protección de uno de los ecosistemas más importantes de Centroamérica, refugio de jaguares, guacamayas rojas y cientos de especies amenazadas.
La Laguna del Tigre es de hecho parte de un sistema protegido de más de 3 mil kilómetros cuadrados, conectado ecológicamente con Belice y México, lo que permite a la fauna mesoamericana moverse libremente más allá de las fronteras nacionales. Es uno de los corredores biológicos más estratégicos del continente: precisamente por eso la presencia de un campo petrolero en su interior siempre ha sido una contradicción.
Durante años la extracción (encomendada a la empresa anglo-francesa Perenco) fue tolerada porque garantizaba importantes ingresos económicos para un país en desarrollo como Guatemala. Pero hoy el gobierno admitió lo que los ambientalistas y las comunidades locales vienen denunciando desde hace tiempo: la operación ya no vale la pena.
Entre la contaminación, los bajos precios del petróleo y el aumento de las actividades ilegales en la reserva, el equilibrio se ha vuelto negativo, tanto desde el punto de vista económico como medioambiental.
Por tanto, se cerrarán los pozos del yacimiento petrolífero de Xan y se reforzará el control sobre un territorio que a lo largo de los años ha sido saqueado por la agricultura ilegal, la deforestación, la agricultura clandestina y el tráfico ilícito.
Esto marca el inicio de un proceso para recuperar el control (lo ambiguo es que será confiado al ejército guatemalteco) de una vasta parte del territorio nacional que durante demasiado tiempo ha sido explotada por actores dedicados a actividades ilegales, declaró el presidente Bernardo Arévalo.
Una frase que capta bien la realidad: la Laguna del Tigre es una de las zonas más devastadas de toda la reserva maya. Cada año se destruyen miles de hectáreas para dar paso al pastoreo y al cultivo ilegales. Un desastre ecológico ante los ojos de todos.
La Secretaría de Defensa y la Policía Nacional Civil ocuparán la zona del antiguo campo petrolero para coordinar operaciones contra estos delitos ambientales e iniciar una cooperación más estrecha con México y Belice, fundamental en una región donde las fronteras son porosas y el tráfico transnacional.
Sin embargo, las críticas no faltan. Según algunos observadores, la «militarización verde» del lugar corre el riesgo de ser más una medida simbólica que un cambio real. La reserva ya cuenta con estructuras de seguridad, pero a menudo son ineficaces debido a la corrupción y la falta de recursos.
El riesgo es que sólo cambie el control formal, no el fondo.
Sin embargo, hay un hecho político que pesa mucho: en los últimos días se ha declarado el «estado de sitio» en Guatemala, para hacer frente a una situación muy compleja: Guatemala es uno de los países más violentos de América Latina, y en este momento grupos criminales se han confabulado contra el Estado. ¿Realmente habrá tiempo para pensar en su maravillosa naturaleza?