Un club de barrio de La Plata que estaba a punto de cerrar se llenó otra vez de chicos gracias a una colecta vecinal

En una esquina tranquila de La Plata, un club humilde estuvo a un paso de apagar sus luces para siempre. Durante meses, la cancha quedó casi muda, y los entrenadores contaban más ausencias que goles. Pero una colecta nacida entre vecinos torció el destino: volvieron los gritos, el olor a pasto húmedo y las risas que sanan.

Hoy, el portón de chapa abre temprano y cierra tarde, y la fila de pibes con mochilas y botines hace curva sobre la vereda. “No sabíamos si íbamos a durar otro mes, y hoy faltan manos para anotar a todos los chicos”, dice con ojos brillosos la presidenta del club, sosteniendo un manojo de llaves que ya no pesan.

Una crisis que parecía terminal

Durante el último año, el club arrastró deudas de luz y agua, sumó goteras en el techo y perdió socios que no pudieron seguir pagando la cuota. La inflación golpeó la merienda, el gas para el termo del mate, y hasta la cinta para marcar la cancha.

“Se nos iban los pibes porque no teníamos pelotas ni luces para turnos nocturnos”, cuenta un profesor que hace malabares entre categorías. En las paredes, el pintado descascarado parecía una pizarra de malos augurios.

A fines de invierno, el comité se reunió y habló, por primera vez, de cierre. “Nos dolía en el alma, pero no veíamos salida”, admite una tesorera que guardó recibos como si fueran cartas de despedida.

La chispa solidaria

La historia cambió con un mensaje en un grupo de WhatsApp del barrio: “¿Y si hacemos algo por el club?”. En dos días hubo feria americana, una rifa casera y una lluvia de transferencias con montos chiquitos pero gigantes de intención.

“Somos vecinos, no sponsors, pero cuando se junta la voluntad, el milagro trabaja horas extra”, dice Florencia, impulsora de la campaña. El presidente del club agrega: “No nos faltaba gente, nos faltaba el empujón para creer que valía la pena”.

En una semana, se reunieron fondos, materiales y manos voluntarias para arreglar lo urgente. Entre mates, llaves inglesas y risas, el barrio volvió a sentirse equipo.

  • Botines y zapatillas en buen estado
  • Pelotas, conos y chalecos de entrenamiento
  • Latas de pintura y rodillos para el salón multiuso
  • Tubos LED para la iluminación nocturna
  • Alimentos no perecederos para la merienda
  • Útiles para el apoyo escolar
  • Repuestos para baños y grifería
  • Donaciones para cubrir servicios básicos

Devolver la cancha a la infancia

Con la primera recaudación, se pagó parte de las deudas, se colgaron luces nuevas y se abrieron inscripciones a precio social. Volvieron el fútbol infantil, el hockey de barrio y los talleres de apoyo escolar.

“Yo quería volver porque acá están mis amigas”, dice Luz, de 10 años, apretando una pelota que brilla como promesa. Un nene de siete resume la escena con una sonrisa: “Ahora la cancha se ve como una noche llena de estrellas”.

Las mamás volvieron con termos, los abuelos con sus historias más largas, y los profes con esa paciencia que solo da el afecto. La tribuna, antes polvorienta, late con palmas y algún que otro bombín improvisado.

Números que cambian el ánimo

La matrícula pasó de 62 a más de 180 chicas y chicos en pocas semanas, un salto que sorprendió a propios y extraños. Se regularizaron los servicios de luz y agua, y quedó un fondo de emergencia para tres meses.

El club sumó 14 voluntarios estables, entre entrenadores, madres y jóvenes que ayudan en apoyo escolar. “Publicamos todo en una planilla abierta, para que nadie se quede con dudas”, señalan desde la comisión, que decidió transparentar cada gasto.

Con las nuevas luces, se abrieron turnos hasta más tarde y se reabrió el buffet con precios cuidados. En el pizarrón grande, cada categoría tiene su horario y su pequeño sueño anotado.

El orgullo de pertenecer

Más que una recaudación, lo que volvió fue la pertenencia. “Acá se aprende a perder sin miedo y a ganar sin olvido”, dice un DT con voz gastada y manos cargadas de tizas. En la puerta, una vecina pega un cartel que dice: “Si te falta, pedí; si te sobra, traé”.

Los fines de semana recuperaron su ritual: olor a choripán, biromes marcando fixture, y niños que piden “una más y nos vamos”. Hay un murmullo nuevo que atraviesa la manzana como viento norte: “No lo soltamos más”.

“Este lugar me salvó la adolescencia”, confiesa un pibe ya grande, que ahora colabora con arcos y redes. Cada historia suma una capa de pintura sobre la pared que supo pelarse por pura tristeza.

Lo que viene

El próximo paso es arreglar el techo del salón y habilitar un espacio de gimnasia artística y baile. También avanza un convenio con universitarios para apoyo escolar y actividades de salud.

Habrá jornadas abiertas con clínicas de deporte, kermés barrial y un campeonato solidario cuya inscripción será “a la gorra de buena fe”. “No buscamos lujos, buscamos oportunidades que se multipliquen”, dice la presidenta, cruzando el patio como quien vuelve a casa.

Si el primer empujón fue una colecta, lo que sostiene ahora es un abrazo que no afloja. Y en cada grito de gol, en cada pisa y corre, el barrio confirma que cuando se juega en equipo, se ganan partidos que parecían perdidos.

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