las imagenes de Alpes evocan silencio, aire limpio, caminos que se pierden entre bosques y rocas. Sin embargo, bajo las botas de quienes caminan, algo está cambiando. No espectacularmente, no todo a la vez. Allá plástico A las montañas de Lombardía no llega en camiones ni con residuos industriales. Llega en bolsillos, en mochilas, en un envoltorio de snack abierto al inicio de una caminata y luego olvidado.
Esto no lo dice una queja genérica, sino una investigación científica.Universidad de Milán que desde hace cuatro años observa de cerca lo que queda a lo largo de los senderos alpinos y prealpinos. Entre 2020 y 2024, los investigadores recorrieron 28 rutas en Lombardíarecogiendo y analizando cada fragmento visible de plástico. El resultado es menos tranquilizador de lo que uno imagina cuando hablamos de «naturaleza no contaminada».
Plástico en los Alpes: lo que los investigadores encontraron a lo largo de los senderos de Lombardía
La investigación abarcó una amplia variedad de entornos, desde los Prealpes hasta más de tres mil metros sobre el nivel del mar. En total fueron recolectados 979 objetos de plásticopara un peso que es casi i cuatro kilos. Números que, por sí solos, pueden parecer limitados. Pero cobran importancia si tenemos en cuenta que se trata sólo de una pequeña parte de la red de senderos de Lombardía y que estamos hablando exclusivamente de fragmentos visibles, de más de cinco milímetros.
Cada objeto fue estudiado en el laboratorio, medido, pesado y analizado para comprender de qué material estaba hecho y cuál era su uso original. El plástico encontrado no es un misterio exótico: es el mismo que utilizamos todos los días. Polipropileno, polietileno, PVC, PET. Materiales resistentes, pensados para durar mucho tiempo y por eso mismo, una vez dispersos en el ambiente, permanecen.
La categoría más representada es el envasado de alimentos. En la práctica, envoltorios de snacks, envases desechables, botellas. Poco después aparecen fragmentos de ropa técnica, piezas de equipamiento de montaña y productos sanitarios. Todo atribuible a actividades humanas locales, no a transportes lejanos o contaminación traída por el viento desde otros continentes.
Dónde se acumula el plástico y por qué los refugios no tienen nada que ver con ello
Uno de los aspectos más interesantes del estudio se refiere al «dónde». El plástico no aumenta a medida que se asciende en altitud y no se concentra alrededor de los refugios alpinos. Ni siquiera depende, directamente, del número de personas que recorren un camino. Los investigadores compararon los datos con los registros de asistencia registrados en plataformas deportivas digitales y no encontraron una correlación significativa.
Sin embargo, hay un hecho que se repite con sorprendente regularidad. La mayor parte de los residuos se encuentran en el primer kilómetro de los senderos. Luego, a medida que subes, la cantidad disminuye. Es un detalle que dice mucho más que muchas campañas de concientización. Significa que muchas veces el plástico se pierde o se deja al inicio de la caminata, cuando paras a comer algo, cuando ajustas tu mochila, cuando un envoltorio termina en un bolsillo externo y se cae sin que nadie se dé cuenta.
Según los investigadores, en la mayoría de los casos no se trata de un abandono intencionado. Es falta de atención. Pero el efecto, sobre el terreno, es el mismo. Algunos fragmentos encontrados ya están parcialmente enterrados en el suelo, señal de que el plástico no está de paso: está pasando a formar parte del paisaje, con tiempos de degradación incompatibles con el frágil equilibrio de los ecosistemas de montaña.
¿Qué pasa con el plástico en las montañas?
A gran altura el plástico no desaparece. Se rompe, se fragmenta, se hace cada vez más pequeño. Con el tiempo puede transformarse en microplásticoscontaminan el suelo, acaban en los cursos de agua, son ingeridos por la fauna. No se trata de una hipótesis abstracta: es un proceso ya observado en otros entornos montañosos y glaciares.
El estudio destaca cómo los Alpes lombardos están especialmente expuestos porque están situados cerca de zonas densamente pobladas. La montaña, en este sentido, no está lejos de las ciudades: es su extensión del fin de semana. Y es precisamente esta cercanía la que hace que el problema sea concreto, cotidiano, cualquier cosa menos marginal.
Los investigadores hablan abiertamente del riesgo de que estos fragmentos se conviertan en una especie de depósito permanente. Un cartel dejado en el suelo que cuenta cómo utilizamos el plástico incluso cuando creemos que estamos «en otra parte», lejos de las consecuencias.
Soluciones practicas
Quizás la parte más interesante del estudio es que no propone revoluciones poco realistas. De los datos se desprende que intervenir en los puntos de partida de los caminos ya sería extremadamente eficaz. Es allí donde se concentra la mayor parte de los residuos y es allí donde simples medidas logísticas pueden marcar la diferencia, como la posibilidad de eliminar correctamente los residuos antes de partir o evitar su pérdida en el camino.
A largo plazo, el problema sigue siendo el de los envases desechables, especialmente los alimentarios, y los materiales utilizados en los productos para exteriores. Reducir el plástico aguas arribaincluso antes de que acabe en la mochila, es el camino indicado por los autores del estudio. No por idealismo, sino porque los datos muestran que de ahí proviene la mayor parte de la contaminación observada.
Si no se hace nada, advierten los investigadores, las montañas corren el riesgo de acumular, lenta pero constantemente, residuos que permanecerán. No hacen falta escenarios apocalípticos: basta mirar lo que sucede hoy en los caminos para comprender que el problema ya ha comenzado.