El desierto avanza en silencio. No hace ruido como un huracán, no arrasa en pocas horas como una inundación, pero modifica territorios enteros con consistencia implacable, transformando campos, pastos y pueblos en extensiones áridas donde la vida lucha por encontrar espacio. Hoy el La desertificación amenaza aproximadamente el 40% de las tierras emergidasun hecho que dice mejor que cualquier eslogan lo urgente que es repensar nuestra relación con el suelo.
En este escenario, llegan desde China noticias que parecen salidas de un visionario manual de ecología: unos científicos están transformando dunas de arena en suelo fértil utilizando microbios ancestrales. Y este no es un experimento improvisado, sino un estudio de 59 años que ha demostrado cómo es posible acelerar la formación del suelo de una forma sorprendente.
La lección de los microbios antiguos.
Cuando pensamos en luchar contra el desierto nos imaginamos árboles plantados uno al lado del otro, grandes proyectos de reforestación y complejos sistemas de riego. La propia China, al borde del desierto de Taklamakan, ha invertido durante años en intervenciones de este tipo, logrando resultados importantes. Sin embargo, la naturaleza ya había escrito una estrategia mucho más antigua y esencial.
Incluso antes de que aparecieran las plantas, había cianobacterias para colonizar ambientes extremos. Estos microorganismos fotosintéticos, capaces de sobrevivir a altas temperaturas y a una intensa radiación solar, representan los verdaderos pioneros de los ecosistemas áridos. Cuando interceptan incluso una cantidad mínima de humedad, producen polisacáridos, sustancias azucaradas viscosas que actúan como un pegamento natural y unen los granos de arena.
Así nacen costras biológicas del suelouna especie de alfombra viva que compacta la arena, reduce la erosión provocada por el viento y crea una base estable sobre la que, con el tiempo, pueden echar raíces pastos y arbustos autóctonos. El principio es simple y poderoso: estabilizar el suelo significa darle al ecosistema la oportunidad de reconstruirse.
El estudio, publicado en la revista científica Biología y Bioquímica del Sueloanalizó muestras de un experimento de campo que comenzó hace casi seis décadas, el más largo jamás realizado sobre este tema. Los investigadores compararon las costras biológicas naturales, que se forman espontáneamente a lo largo de muchos años, con Costras biológicas inducidas del suelo (IBSC)formación de costras inducida mediante la siembra controlada de bacterias en la arena.
La diferencia es asombrosa. En condiciones naturales, la formación de una corteza estable tarda unos quince años. Con la técnica inducida se obtiene el mismo resultado en uno o dos años, comprimiendo un proceso de una generación en una sola temporada favorable.
Los beneficios no se limitan a la velocidad. Las costras inducidas muestran una mayor capacidad de acumulación carbono y nitrógenoelementos fundamentales para la fertilidad del suelo. Los niveles de estos nutrientes aumentan progresivamente con la edad de la corteza, señal de que el sistema se consolida y se vuelve cada vez más eficiente para sustentar la vida.
Semillas de bacterias y drones: el desierto se regenera desde dentro
El salto tecnológico más reciente provino de la Estación Experimental y de Investigación del Desierto de Shapotou, donde los investigadores desarrollaron “semillas sólidas” reales de cianobacterias. Antiguamente se pulverizaban cultivos líquidos sobre la arena, solución que requería maquinaria pesada y electricidad, difíciles de encontrar en el corazón de las dunas.
Hoy en día, los microbios se secan y se mezclan con materia orgánica, creando un producto seco y transportable que es fácil de distribuir incluso manualmente o mediante drones. Cuando llueve, estas semillas se activan y las bacterias comienzan a producir su «pegamento» natural, estabilizando rápidamente la superficie arenosa.
Las costras biológicas inducidas se integran con el entorno circundante y pasan a formar parte de la comunidad microbiana local, contribuyendo de forma estable y sostenible a la regeneración del territorio. Sin embargo, siguen siendo estructuras delicadas: el paso de un vehículo o de un rebaño puede destruir en unos instantes años de trabajo, lo que hace imprescindible una gestión cuidadosa de las zonas tratadas.
Una estrategia sostenible contra la desertificación global
Uno de los aspectos más interesantes de este enfoque tiene que ver con el consumo de agua. Las campañas de reforestación tradicionales a menudo requieren importantes recursos hídricos, un elemento crítico en regiones ya afectadas por la sequía. El IBSCen cambio, tienen una huella hídrica mucho menor, porque actúan directamente sobre la estabilización del suelo y aprovechan las precipitaciones naturales para activarse.
El estudio también muestra que estas costras artificiales no son sistemas cerrados dominados por bacterias. La rápida acumulación de nutrientes crea un entorno favorable a la llegada de otras especies vegetales y microbianas, iniciando un proceso de sucesión ecológica que puede devolver paulatinamente la vida a lugares donde antes solo había arena.
Durante los próximos cinco años, China planea rehabilitar alrededor de 100.000 mu, equivalentes a unas 6.600 hectáreas de tierra desértica, utilizando estas semillas microbianas. La extensión puede parecer limitada comparada con la inmensidad de los desiertos globales, pero el cambio cultural que introduce es enorme: la lucha contra la desertificación puede comenzar desde lo microscópico, colaborando con los procesos más antiguos de la Tierra.