Exxon Valdez, 24 de marzo de 1989, la noche en la que 42 millones de litros de petróleo destruyeron Alaska

Era el 24 de marzo de 1989 cuando uno de los petroleros más grandes jamás construidos salió de la terminal de Valdez, Alaska, con casi un millón y medio de barriles de crudo en bodega. El Exxon Valdez era un coloso del acero: trescientos metros de largo, cincuenta metros de ancho y un motor de más de veinticuatro mil kilovatios. Construido apenas tres años antes en San Diego y confiado a la empresa ExxonMobil, estaba destinado a seguir una ruta rutinaria hacia el sur, cruzando las aguas del Prince William Sound. Aquella noche nada daba indicios de lo que estaba a punto de suceder.

La navegación se topó inmediatamente con una pequeña complicación: unos icebergs en la desembocadura del estrecho obligaron al comandante Joseph Hazelwood a solicitar un cambio de rumbo a la guardia costera. Una desviación manejable en sí misma, pero que desencadenó una cadena de acontecimientos difícil de detener. Hazelwood, tras haber fijado la nueva trayectoria, abandonó el puente, dejando el barco en manos del tercer oficial y de un miembro de la tripulación que no había completado el descanso obligatorio de seis horas exigido antes de una guardia. Dos personas cansadas, en un barco enorme, en aguas nada sencillas.

El desastre ocurre a medianoche.

Alrededor de la medianoche, el giro necesario para regresar a la ruta segura se produjo con un retraso fatal. El Exxon Valdez impactó con toda su masa en el Bligh Reef, un arrecife en el estrecho. El casco monocapa, una tecnología ya considerada vulnerable en su momento, no resistió el impacto. En cuestión de minutos, aproximadamente cuarenta y dos millones de metros cúbicos de petróleo crudo comenzaron a verterse en las gélidas aguas de Alaska. Un desastre que se mide en decenas de millones de litros de petróleo, expandido en una mancha oscura y asfixiante destinada a alcanzar los casi dos mil kilómetros de costa.

En el juicio que siguió, surgió un panorama tan grave como desalentador. Los jueces descubrieron que Hazelwood había consumido varios vasos de vodka antes de irse: su juicio se vio comprometido cuando tomó las decisiones cruciales de la noche. La cadena de responsabilidad resultó totalmente rota, de arriba a abajo.

Un ecosistema roto

Prince William Sound no era una extensión de mar cualquiera. Sus aguas albergaban uno de los ecosistemas marinos más ricos e intactos de todo el continente americano: arrecifes escarpados, ensenadas protegidas, fondos marinos llenos de vida. Fue precisamente la conformación de aquella costa, tan bella, tan compleja, la que se convirtió en una trampa. El petróleo se filtró por todas las grietas, se depositó en las rocas y penetró en los sedimentos. Limpiar esos arroyos resultó ser una tarea titánica y, en gran medida, imposible.

Las estimaciones de las pérdidas de animales siguen siendo difíciles de leer sin consternación. Murieron entre doscientos cincuenta mil y medio millón de aves marinas, según las fuentes. Las nutrias muertas se estimaron entre mil y tres mil, las focas alrededor de trescientas y las águilas calvas doscientas cincuenta. También murieron veintidós orcas, y luego miles de millones de huevos de salmón y arenque, invisibles pero fundamentales para el equilibrio de todo el sistema alimentario local. Especies que tardan décadas en reconstruir sus poblaciones, entornos que nunca vuelven a ser como antes.

Más de 30 años después del derrame de petróleo, las siguientes especies permanecen en estado “No en recuperación” o “Desconocido”:

La limpieza más cara de la historia (y no fue suficiente)

ExxonMobil implementó inmediatamente lo que se definió en ese momento como la operación de limpieza ambiental más masiva jamás intentada. Se gastaron unos dos mil millones de dólares para intentar devolver las costas de Alaska a algo similar a su estado original. Miles de operadores, equipos especiales, técnicas experimentales. Sin embargo, años después, los estudios científicos han arrojado un equilibrio que no es nada tranquilizador.

Una investigación de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica publicada en 2007 estimó que cerca de cien mil litros de petróleo todavía estaban atrapados en los sedimentos costeros de la zona. Análisis posteriores, realizados en 2013, detectaron trazas compatibles con una intoxicación crónica por hidrocarburos en los tejidos de las nutrias locales. No todos los estudiosos están de acuerdo sobre el alcance del riesgo residual: algunos investigadores sostienen que las sustancias contaminantes se encuentran ahora en zonas marginales raramente frecuentadas por la fauna. Pero la duda persiste.

Responsabilidad, compensación y una sentencia demasiado indulgente

En el frente legal, ExxonMobil fue sentenciada en casos civiles y penales por un total de más de mil millones de dólares, en ese momento la compensación más alta jamás impuesta por un desastre industrial, superada solo en 2012, cuando BP pagó cuatro mil quinientos millones por el accidente de Deepwater Horizon. Pero fue la suerte del comandante Hazelwood la que dejó más que un poco perpleja a la opinión pública: a pesar de haber sido identificado como el principal responsable del incidente, se salió con la suya con la suspensión de su licencia de navegación, una multa de cincuenta mil dólares y mil horas de servicio comunitario a realizar en tierra.

El accidente obligó al gobierno de Estados Unidos a revisar fundamentalmente las normas de seguridad de los petroleros, introduciendo un requisito de doble casco para las nuevas construcciones, una medida que probablemente habría contenido la magnitud del desastre si ya hubiera estado en vigor esa noche. Fue una lección pagada a un precio muy alto.

Una herida que no cierra del todo

Más de treinta años después, el nombre Exxon Valdez ha entrado firmemente en el léxico de los desastres ambientales, convirtiéndose en un símbolo de negligencia, falta de prevención y fragilidad sistémica. El propio barco, tras ser reparado y renombrado varias veces, cambió de dueño y de destino hasta ser desmantelado en la India en 2012. Pero el recuerdo de aquella noche en Alaska quedó mucho más duradero que el casco que lo había provocado.

Esa historia nos dice algo que va más allá de la noticia de un naufragio: nos recuerda que ciertos ecosistemas, una vez comprometidos, nunca se recuperan por completo. Y que a veces sólo pasan unas horas entre una decisión equivocada tomada en un panel de control y una catástrofe medioambiental.

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