Un nuevo súper aeropuerto internacional en Chinchero, Perú, para dar servicio al Valle Sagrado de los Incas y facilitar el acceso a Machu Picchu. Pronto será una realidad y, al mismo tiempo, uno de los proyectos de infraestructuras más polémicos de los últimos años en el país sudamericano. Y la razón es fácil de decir.
Presentado por el Gobierno como un motor de desarrollo económico y turístico, las comunidades locales, los arqueólogos y los ambientalistas lo perciben (como obviamente lo es) como una amenaza concreta a un territorio frágil desde un punto de vista cultural, paisajístico y ambiental. Y con razón, teniendo en cuenta que la icónica ciudadela inca ya es presa de un turismo bastante descontrolado.
Según estimaciones, el proyecto implica la construcción de una terminal de aproximadamente 40 mil metros cuadrados y una pista de aterrizaje de 4 kilómetros de largo, dimensionada para recibir aviones de gran tamaño y rutas directas desde América del Norte y Europa. En las fases de plena ampliación el aeropuerto podría gestionar más que eso ocho millones de pasajeros al año.
Las autoridades quieren destacar sobre todo el impacto económico: miles de puestos de trabajo generados por la obra, beneficios previstos para más de un millón de personas en el sur del país y un fuerte impulso a los sectores del turismo, el transporte, la hostelería y la restauración.
El objetivo declarado es reducir drásticamente los tiempos de viaje a Machu Picchu, al que hoy sólo se puede llegar a través de una ruta larga y compleja: vuelo a Lima, conexión interna a Cusco, luego tren o autobús a Aguas Calientes y finalmente la subida a la ciudadela. Un itinerario que para algunos viajeros representa una parte integral de la experiencia, pero que para muchos otros constituye un obstáculo logístico. Facilitar el acceso significaría inevitablemente aumentar los flujos turísticos.
Y las cifras ya son altas hoy: en 2024 Machu Picchu superó el millón y medio de visitantescon límites diarios introducidos específicamente para contener el hacinamiento. Con el nuevo aeropuerto, las estimaciones hablan de un posible aumento de superficie de hasta un 200 por ciento.
A un paso del sobreturismo
Aquí es donde emergen las cuestiones críticas más profundas. El Valle Sagrado no es un espacio vacío listo para ser urbanizado, sino un paisaje histórico moldeado a lo largo de los siglos por las civilizaciones precolombinas: terrazas agrícolas, sistemas de riego, caminos rituales, sitios arqueológicos aún en uso. La construcción del aeropuerto implica excavaciones, transformaciones del suelo y la posible destrucción irreversible de elementos culturales que no siempre están plenamente documentados. Incluso el tráfico aéreo no puede dejar de ser motivo de preocupación: los sobrevuelos a baja altitud podrían comprometer la integridad de los complejos arqueológicos cercanos, que ya son extremadamente frágiles.
Junto al patrimonio cultural está la cuestión medioambiental. El área de Chinchero experimenta equilibrios hídricos delicados y una presión cada vez mayor sobre los recursos naturales. Uno de los principales temores es el lago Piuray, del que depende una parte importante del abastecimiento de agua del Cusco. El aumento del consumo de agua relacionado con el aeropuerto, las infraestructuras turísticas y la expansión urbana podría empeorar una situación ya crítica.
A todo esto se suman loscontaminación atmosférica y acústica generada por el tráfico aéreo, el crecimiento de los residuos en una región con sistemas de gestión limitados y la progresiva sustitución de las actividades agrícolas tradicionales por instalaciones de alojamiento. Varias familias campesinas ya han comenzado a vender sus tierras, una señal de una transformación económica que corre el riesgo de borrar prácticas culturales centenarias.
¿Qué pasa con las comunidades indígenas? También ellos llevan tiempo impugnando el proyecto, denunciando la pérdida de control sobre el territorio y un modelo de desarrollo centrado en el turismo rápido y masivo, de poca redistribución y alto impacto. El conflicto pone de relieve una tensión recurrente en muchos destinos emblemáticos de todo el mundo: el difícil equilibrio entre accesibilidad, crecimiento económico y protección del patrimonio. En el caso de Machu Picchu la paradoja es evidente: facilitar el acceso a uno de los sitios arqueológicos más famosos del mundo podría contribuir, a largo plazo, a comprometer su integridad y valor simbólico.