A menudo se nos dice que la historia la escriben los vencedores. En “Soñaste con imperios”, el autor Álvaro Enrigue propone algo aún más inquietante: la historia la escriben los improvisadores, los ebrios, los confundidos, los asustados, los vanidosos.
La conquista de México se convierte en manos de Enrigue en un sueño febril que dura un día en el que nadie (incluidos los supuestos autores intelectuales, Cortés y Moctezuma) comprende completamente lo que está sucediendo.
Sí, «You Dreamed of Empires» salió hace dos años, llevando al límite la definición autoimpuesta de esta columna de libros «nuevos y novedosos» para reseñar, pero la aclamada novela ofrece una visión tan única y fascinante de este infame encuentro histórico que no debes dejarla pasar sin leer.
Moctezuma y Cortés: El encuentro infame replanteado
La novela se centra en un solo día: el 8 de noviembre de 1519, cuando Hernán Cortés y su pequeño grupo de españoles fueron recibidos en Tenochtitlán por el emperador mexica. Esa fatídica interacción ha estado embalsamada durante mucho tiempo en la leyenda: el acero y la pólvora se enfrentan a la obsidiana y la profecía, cuyo resultado (desde nuestra posición en el presente) se considera inevitable.
Enrigue, sin embargo, reinventa el encuentro a un nivel muy humano. El destino de los continentes se resume en una comida elaborada e incómoda, una siesta obligatoria, bocadillos alucinógenos, traducciones inexactas y sospechas crecientes.
El El New York Times calificó el libro de “breve, extraño, puntiagudo y sublime”, y elogió su “comedia humana de costumbres” que se desarrolla bajo la constante amenaza de la decapitación, lo que capta perfectamente el tono paradójico de la novela: es a la vez mordazmente divertida y saturada de pavor.

Si bien es posible que las cabezas no rueden de inmediato, todos sienten la espada que se avecina. Los conquistadores no comprenden en absoluto los códigos de conducta que rigen a sus anfitriones, del mismo modo que la corte colhua-mexica no puede descifrar por su vida los comportamientos e intenciones de los españoles. Cada lado mira al otro con una mezcla de disgusto y lástima.
¿Invitados o cautivos? En un laberinto digno de Borges

Tenochtitlan de Enrigue (traducido por el autor en una ortografía con inflexión náhuatl, Tenoxtitlan) es una maravilla: una capital imperial vasta, ordenada y de alta tecnología. Los españoles, acostumbrados a considerarse representantes de la cúspide de la civilización, deambulan a ciegas por los pasillos de su palacio como provincianos desconcertados y torpes. Durante la mayor parte del libro, no pueden decir realmente si son invitados o cautivos. El palacio en sí se convierte en un laberinto digno de Jorge Luis Borges, una de las influencias reconocidas de Enrigue. Los pasillos se estrechan y se repiten, mientras que las puertas se niegan a conducir a donde se espera.
La novela comienza con una comida ceremonial tan grotesca que desemboca en una farsa. Sacerdotes con capas de piel desollada se sientan frente a hombres malolientes y barbudos cuyas botas dejan huellas de barro en los prístinos pisos del palacio. Los españoles sienten repulsión por el olor de la sangre de los sacrificios; a sus anfitriones les disgustan los olores de los invitados y sus modales en la mesa. El Wall Street Journal elogió el uso que hizo el autor de tales “absurdos sublimes”.
Ver la historia no como un registro fijo sino como un sueño cambiante
Mientras tanto, todos esperan la presencia del emperador Moctezuma, a quien Enrigue retrata no como el vacilante místico de la tradición colonial sino como un gobernante volátil y políticamente astuto bajo una presión extraordinaria, que depende en gran medida de hongos alucinógenos.
Enrigue no trata esto como un mero color: el consumo de drogas por parte del emperador da forma a la estructura y el estilo de la novela. El tiempo se suaviza; las visiones se entrometen; El pasado y el futuro sangran juntos. En uno de los movimientos más audaces del libro, Moctezuma vislumbra los siglos que aún están por venir e incluso ve al propio novelista trabajando. El efecto es vertiginoso, cómico y extrañamente conmovedor. La historia ya no es un registro fijo sino un sueño cambiante.
El Washington Post calificó la novela como una “historia alternativa de la conquista mexicana con un toque estilo Tarantino”, elogiando su estilo “deliciosamente gonzo”.
Ese estilo oscila entre los detalles terrenales y la especulación altruista. Si bien, sí, se nos habla de dedos sangrantes y cuerpos sucios, al mismo tiempo, también se nos invita a considerar los fundamentos teológicos del sacrificio. Lo sagrado y lo profano conviven cómodamente.

El impacto de la traducción (y de la mala traducción) en la historia
El papel de la traducción, a menudo subestimado, es fundamental para la historia. Todo intercambio diplomático debe pasar por dos intermediarios: el fraile Aguilar -que traduce del maya al castellano- y Malinalli, La Malinche, que traduce del maya al náhuatl. Por supuesto, el significado se filtra, ajusta, suaviza o agudiza en cada etapa.
El propio Enrigue está bien traducido por Natasha Wimmer. Utiliza términos náhuatl sin explicación; en lugar de ponerlos a pie de página para presentarlos, permite que sus significados surjan a través del contexto, dándole al lector una idea tanto de la emoción de la exposición a nuevos significados como de la confusión resultante.
El humor de Enrigue es implacable pero no simplista. Mientras los españoles se pelean entre sí como inversores en una startup dudosa, Moctezuma alterna entre grandeza y petulancia. La ficticia capitana Jazmín Caldera, uno de los pocos personajes que parece capaz de imaginar la derrota, observa los acontecimientos con creciente alarma.
Los españoles, nos dice, “fueron inventando cosas sobre la marcha, con resultados extraordinarios” y “al final llegaron a creer en sus propias artimañas”.
Darle al pasado “una vida vívida que derrite el cerebro”
Los episodios alucinatorios de la novela se intensifican a medida que avanza el día. En una secuencia notable, Moctezuma escucha acordes del glam rock de los años 70 (específicamente una canción del T. Rex) que se adentra en el siglo XVI. El anacronismo es una declaración: el tiempo es poroso.
Cuando Cortés y Moctezuma finalmente se enfrentan, el aire está lleno de posibilidades. La escena lleva el peso de cinco siglos. Todos sabemos, por supuesto, lo que siguió: asedio, viruela, devastación, el nacimiento de la Nueva España. Enrigue no niega esa historia. En cambio, hace una pausa para reflexionar, invitándonos a reconsiderar los momentos nada seguros que precedieron al resultado final. Cuando la conquista avanza, es menos por brillantez estratégica que por errores de cálculo mutuos.

Como señaló un crítico en Publishers Weekly, Enrigue trae el pasado “a una vida vívida y deslumbrante”, que culmina en una escena culminante que ofrece una alternativa sorprendente al registro histórico.
El libro ha sido descrito como una especie de “historia de venganza colonial”, pero Enrigue parece menos interesado en la venganza que en la posibilidad: ¿Y si Moctezuma hubiera elegido otra cosa? ¿Y si Cortés hubiera cometido distintos errores en distintos momentos? ¿Qué pasaría si los imperios fueran menos inevitables de lo que parecen en retrospectiva?
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