Ya no las ves, pero siguen ahí: estudio revela qué sucede realmente con las colillas de cigarrillos en el suelo

Hay residuos que quedan ahí, evidentes, casi molestos en su presencia. Y luego hay otros que siguen el camino contrario: desaparecen lentamente, se camuflan, se disuelven lo justo para hacernos creer que el problema ha terminado. EL colillas de cigarrillos pertenecen exactamente a esta segunda categoría.

Los vemos en la calle, en las aceras, cerca de las alcantarillas. Luego llega la lluvia, pasan los coches, cambia la estación y en cierto momento ya no están. O mejor dicho: ya no los vemos. Porque mientras tanto simplemente han cambiado de forma.

¿Qué pasa con las colillas con el tiempo?

Un estudio que duró casi diez años siguió la suerte de miles de filtros de cigarrillos abandonados en condiciones reales, exactamente como ocurre todos los días fuera de nuestras casas. No en un laboratorio estéril, sino entre tierra, arena, hierba, lluvia y sol. Un experimento paciente, casi obstinado, que observó lo que sucede cuando dejamos de observar.

Al principio todo parece ir en la dirección correcta. En el primer mes las colillas pierden una parte importante de su peso, entre un 15% y un 20%. Las sustancias más superficiales se disuelven, son arrastradas por el agua y se dispersan en el suelo. Es una transformación rápida, casi tranquilizadora.

Luego el ritmo cambia, se ralentiza, se prolonga. En los dos años siguientes, la pérdida total rondará el 30-35%. El resto permanece ahí, como suspendido. Y en ese punto entra en juego el contexto: el tipo de suelo, la presencia de microorganismos, la humedad. En los suelos más «vivos», ricos en nutrientes, algo se mueve más. Después de diez años se puede conseguir una degradación del 84%. Pero es un porcentaje que sólo cuenta una parte de la historia. Porque incluso cuando el material se encoge, en realidad no desaparece.

El problema radica en la propia estructura del filtro, hecho de acetato de celulosaun plástico diseñado para durar. Esto es lo que hace que el filtro sea efectivo, pero también increíblemente lento en degradarse. Las bacterias hacen lo que pueden, pero no es suficiente. Y así, mientras la colilla cambia de apariencia, sigue permaneciendo.

Del filtro a los fragmentos microscópicos

Si miras lo que sucede a nivel microscópico, la transformación se vuelve aún más interesante y aún más inquietante. Los filtros usados ​​recientemente están hechos de fibras compactas entrelazadas. Con el paso de los años estas fibras se deforman, se rompen, se rizan, se mezclan con la tierra y los residuos orgánicos.

En algún momento dejan de parecer un trasero. En su lugar quedan pequeñas partículas, algunas de apenas unos pocos micrómetros de tamaño, que los investigadores describieron como nuevas estructuras, nunca antes observadas en este contexto. Una especie de residuo híbrido, a medio camino entre el plástico y la materia orgánica.

Aquí es donde se produce el verdadero cambio de perspectiva: el rechazo ya no es reconocible, pero está mucho más generalizado. Se fragmentó, ocupó espacio, se integró en el suelo. Y no es neutral. Incluso después de años, estos residuos siguen teniendo efectos biológicos. Las colillas recién abandonadas son más tóxicas, por supuesto, pero incluso las «viejas» mantienen su actividad. Algunos estudios más recientes han demostrado que las microfibras liberadas por los filtros pueden interactuar con las células humanas, provocando respuestas inflamatorias en condiciones de laboratorio.

No significa que haya un efecto directo inmediato en la vida cotidiana, pero indica una cosa muy clara: estas partículas no son simplemente inertes. Permanecen activos, incluso cuando se vuelven invisibles. Y éste es quizás el punto más difícil de aceptar. Porque estamos acostumbrados a pensar que lo que no vemos ya no existe. En cambio, en el caso de las colillas ocurre exactamente lo contrario: cuanto menos las vemos, más se han extendido.

Deja un comentario