Un pozo puede salvar una temporada y arruinar un equilibrio construido durante siglos. En las tierras áridas del sur de Angola, pequeñas infraestructuras hídricas creadas para responder a la sequía han proporcionado un alivio inmediato a las comunidades de pastores bajo presión, pero también han fomentado la sedentarización, la dependencia de fuentes fijas, la pérdida de movilidad y una mayor fragilidad a largo plazo. En algunas zonas de la provincia de Namibe, entre el 15% y el 43% de las infraestructuras encuestadas estaban fuera de uso por agotamiento de los acuíferos o fallos en los sistemas de bombeo; para aquellos que ya habían reducido la trashumancia, ese fracaso se convirtió en una trampa más que en un accidente técnico.
De un escenario tan concreto surge una pregunta incómoda para la forma en la que estamos acostumbrados a hablar del agua. Durante décadas la hemos tratado como una cantidad que hay que medir, mover, acumular y distribuir. Metros cúbicos, oleoductos, embalses, concesiones, eficiencia, pérdidas en la red. Todo lo necesario, por supuesto. Allá sociohidrología ancestral añade fricción: el agua vive dentro de las relaciones sociales, los recuerdos, las prácticas, los paisajes, las reglas comunitarias y las economías morales. Sacarlo de ese tejido y reducirlo a un “recurso” puede funcionar sobre el papel, y mucho menos sobre el terreno.
El agua fuera de la hoja de Excel
La crisis global hace que esta discusión sea mucho menos teórica de lo que parece. En 2022, 2.200 millones de personas vivían sin agua potable gestionada de forma segura, 3.500 millones sin saneamiento seguro y aproximadamente la mitad de la población mundial experimentó una grave escasez de agua durante al menos parte del año. La agricultura absorbe el 72% de las extracciones mundiales de agua dulce, una cifra que por sí sola es suficiente para explicar por qué cada decisión sobre el agua afecta a los alimentos, la salud, el paisaje, las desigualdades y el poder.
La propuesta de la sociohidrología ancestral parte de una crítica precisa: la hidrología moderna ha construido el ciclo del agua dentro de una tradición científica nacida en Europa, ligada a la idea de regularidad, equilibrio, predicción y control. Este enfoque ha permitido enormes avances, pero también ha traído consigo un legado colonial y tecnocrático: mirar los territorios, especialmente aquellos áridos o fuera de los climas templados europeos, como lugares «defectuosos», que hay que corregir con obras, normativas e infraestructuras. En este esquema, el conocimiento local a menudo termina tratado como folclore útil para consultar, mientras que la decisión real permanece en manos de técnicos, gobiernos y financieros.
La sociohidrología, nacida para estudiar las interacciones entre las sociedades humanas y el ciclo del agua, ya había intentado ampliar el campo. El problema identificado ahora se refiere a su base filosófica: incluso cuando inserta comunidades, instituciones y comportamientos en los modelos, corre el riesgo de transformarlos en variables externas, datos que deben encasillarse, elementos mensurables que reaccionan al sistema hídrico. La sociohidrología ancestral exige un paso más radical: reconocer que algunas comunidades conocen el agua a través de prácticas, obligaciones mutuas, memoria colectiva, rituales, formas de gobernanza local y relaciones de cuidado con el paisaje.
Conocimiento que camina
“Ancestral” hay que manejarlo bien aquí. No indica un museo de prácticas inmóviles, arraigadas en un pasado pintoresco. Indica conocimiento arraigado en lugarestransmitido entre generaciones y adaptado continuamente a las necesidades, crisis, oportunidades y cambios. Una comunidad que cambia una técnica de recolección de agua después de una larga sequía ya está innovando. Lo hace sin separar la obra del paisaje, el paisaje de la vida social, la vida social de las reglas que mantienen unidas a las personas.
Los ejemplos citados cruzan mundos muy diferentes y deben mantenerse diferenciados. En algunas culturas africanas, el principio Ubuntu vincula la existencia individual con la interdependencia social y ecológica. En muchas comunidades de las Primeras Naciones de Canadá, la ecología del parentesco considera a los seres humanos, los animales, las aguas, los antepasados y los territorios como parientes unidos por obligaciones mutuas. En las cosmologías andinas, se puede pensar en el agua como una corriente vital que fluye a través de personas, animales, plantas, montañas y ciclos de vida y muerte. Estos referentes no son intercambiables, porque todo conocimiento surge de un territorio, de una historia política y de sus propios protocolos culturales.
La parte más interesante llega cuando este conocimiento se convierte en infraestructura. En Túnez, yo jessour son pequeños sistemas de presas y terrazas construidas en los lechos de cursos de agua efímeros: frenan los flujos, retienen sedimentos, favorecen nichos agrícolas y la biodiversidad local. En el México zapoteca, 26 comunidades afectadas por largos períodos de sequía se han autoorganizado para recargar acuíferos con intervenciones regenerativas, económicas y de baja tecnología, respaldadas por reglas comunitarias y reciprocidad. El agua, en ese marco, sirve a la comunidad, a las generaciones futuras y al río mismo.
En las cosmologías andinas, se puede pensar en el agua como una corriente vital que fluye a través de personas, animales, plantas, montañas y ciclos de vida y muerte. En Perú esta visión también se materializó en un trabajo muy concreto: en la comunidad quechua de Quispillacta, en la región de Ayacucho, las hermanas Machaca, ingenieras agrónomas y campesinas, llevaron la yaku waqachayel “cuidado del agua”. Recogen la lluvia, utilizan plantas y elementos locales, crean lagunas, ayudan a recargar los acuíferos y tratan el agua como una presencia para acompañar, no como un material para exprimir. El resultado, hoy, también se mide en números: decenas de lagunas, más de un millón y medio de metros cúbicos almacenados, una técnica que incluso ha entrado en programas públicos para afrontar la crisis del agua en los Andes. Sin embargo, la parte decisiva sigue siendo menos fotografiable: la comunidad que canta, agradece, trabaja junta y recuerda que el agua, antes de terminar en una planta, pertenece a un pacto.
El mismo principio vuelve en una fórmula casi campesina, plantación de agua de lluvia: no coger la lluvia cuando ya se ha escapado, pero detenerla primero, dejar que entre en el suelo, darle tiempo para que se convierta en humedad, agua subterránea, raíces. En la India, especialmente en las zonas áridas de Rajasthan, i johad funcionan exactamente así: pequeñas cuencas o terraplenes de tierra que recogen el agua de lluvia, frenan la escorrentía y ayudan a recargar los acuíferos. Son obras pobres sólo en apariencia, porque aúnan técnica, paisaje y comunidad. En el México zapoteca, 26 comunidades afectadas por largos períodos de sequía se han autoorganizado para recargar acuíferos con intervenciones regenerativas, económicas y de baja tecnología, respaldadas por reglas comunitarias y reciprocidad. El agua, en ese marco, sirve a la comunidad, a las generaciones futuras y al río mismo.
Esto también cambia la forma en que vemos las soluciones. Una presa, un pozo o una tubería pueden resultar útiles, en algunos casos indispensables. El problema surge cuando la infraestructura llega como una respuesta única, la misma en todas partes, separada de los hábitos de pastoreo, de las rutas de trashumancia, de las autoridades tradicionales, de la distribución real del poder. En las tierras de pastoreo, aumentar el agua disponible en un punto fijo puede reducir la movilidad, concentrar personas y animales, consumir pastos y crear dependencia de acuíferos agotables. Una solución diseñada para aumentar la resiliencia puede terminar consumiéndola.
Dos ojos para mirar el mismo río
La sociohidrología ancestral propone un pluralismo más exigente que la simple «participación». Invitar a una comunidad a una mesa de toma de decisiones y luego traducir todo en categorías ya decididas en otros lugares cambia poco. El paso necesario es más incómodo: dejar que el conocimiento situado modifique las cuestiones de la ciencia, los modelos, los indicadores, la manera misma de definir qué es un sistema hídrico. La fórmula a la que se hace referencia es la de ver con dos ojos«ver con dos ojos»: un ojo formado por la ciencia occidental, el otro por el conocimiento arraigado en los lugares. Un mismo problema observado desde diferentes perspectivas, sin abrumar a unas sobre otras.
En este marco, la cultura, la memoria, los tabúes, los calendarios rituales, las obligaciones mutuas y los mapas orales dejan de ser “factores blandos”. Pueden convertirse en verdaderos elementos de modelos, porque influyen en el uso del agua, el mantenimiento de los sistemas, la distribución de los beneficios, la capacidad de resistir una sequía o una inundación. La investigación propone combinar modelos hidrológicos, mapeo participativo, historias orales y narrativas locales para capturar mejor la retroalimentación entre las comunidades y el agua.
La discusión también llega a la ley. En diversos países occidentales y no occidentales, la idea de reconocer personalidad jurídica o derechos a entidades naturales ya ha tomado diferentes formas: ríos, bosques, montañas, territorios considerados sujetos a proteger y no sólo bienes a administrar. En 2021, en Canadá, el río Mutuhekau Shipu, también conocido como río Magpie, recibió el reconocimiento de personalidad jurídica impulsado por el Consejo Innu de Ekuanitshit y un municipio regional; En Colombia, el reconocimiento de los derechos de la Amazonía ha abierto un frente aún más amplio en escala y complejidad.
Para Italia, todo esto también habla de una vida cotidiana mucho más cercana: ríos cementados, acuíferos explotados, cuencas secas, agricultura sedienta, mantenimiento frágil, conflictos entre usos civiles, industriales y ecológicos. La sociohidrología ancestral no ofrece una receta preparada para pegar en el Po, el Arno o un arroyo de los Apeninos.
Ofrece una postura menos arrogante. Antes de decidir dónde poner más agua, se pregunta quién la usa, quién la pierde, quién la gobierna, quién paga el precio, qué memoria del territorio se escucha y cuál se trata como ruido de fondo. El agua se escapa rápidamente cuando el suelo está duro, desnudo, compactado, abandonado. Queda donde encuentra raíces, piedras bien colocadas, manos que reparan, comunidades que observan. Antes de buscarlo cada vez más lejos, quizás sea mejor empezar de nuevo desde aquí: desde el punto exacto donde cae.