En el oriente de Cali, un grupo de chicos caleños convirtió un terreno hostil en un espacio vivo. Lo que antes era un foco de basura y de plagas ahora es un mosaico de bancales, flores y alimentos. La transformación no solo cambió el paisaje: modificó rutinas, economías y esperanzas.
“Nos dijeron que era imposible, que aquí no crecería nada”, recuerda Laura, 23 años, coordinadora de la huerta. “Hoy repartimos canastas, sembramos con niños y vemos a los abuelos volver”. El camino fue lento, pero la constancia y la comunidad lo hicieron posible.
De botadero a oasis comestible
La historia empezó en 2019, en el barrio Marroquín II, corazón del Aguablanca caleño. Doce jóvenes, cansados de la indiferencia, trazaron un plan con mapas, botas y mucha terquedad.
Convocaron mingas, tocaron puertas y sumaron manos vecinas. Entre todos retiraron escombros, clasificaron plásticos y nivelaron el suelo. “Sacamos treinta toneladas a punta de palas y paciencia”, dice Wilson, 21, entre risas y ampollas.
La receta del suelo vivo
Para sanar la tierra usaron residuos de plazas y cocinas. Con lombrices, hojas secas y cáscaras, crearon un compost que hoy es el corazón fértil de cada bancal.
Instalaron canales para cosechar lluvia y un sistema de riego por goteo hecho con mangueras recicladas. Entre mulch de pasto y cartón, el terreno retuvo humedad, bajó su temperatura y atrajo vida microbiana.
Sembraron lechugas, acelgas, tomates cherry y cilantro. Plantaron yuca, plátano y fríjol para asegurar cosechas más robustas. En los bordes, flores, caléndulas y albahacas para atraer polinizadores y ahuyentar plagas.
“Lo importante es mirar el ecosistema completo”, explica Lina Paz, ingeniera agrónoma voluntaria. “Entre suelos cubiertos, diversidad de plantas y agua cuidadita, el equilibrio se mantiene solo”.
Alimentos y economía local
Cada semana salen entre 1,2 y 1,6 toneladas de verduras. Aproximadamente el 60% se dona a familias priorizadas y el resto se vende a precio justo en un pequeño mercadito.
Los ingresos cubren semillas, herramientas y becas para los chicos. “Nadie se lucró aquí; todo vuelve a la tierra”, señala Laura, mientras arma paquetes con cebolla larga y hierbas.
La canasta trae productos frescos y recetas sencillas para aprovechar cada hoja. “Aprendí a hacer pesto de zanahoria con las hojas, nada se bota”, cuenta Doña Ester, vecina que ahora cocina con más colores.
Juventud, seguridad y pertenencia
Antes, el lote era sitio de consumo y miedo. Hoy es lugar de talleres, juegos y música. “La huerta es un refugio con reglas claras y abrazos largos”, dice Kevin, 19, tutor de nuevos voluntarios.
Cuarenta jóvenes han completado ciclos de formación en agricultura urbana. Quince trabajan con contrato en cosecha, logística y educación ambiental para escuelas del sector.
“Verlos llegar con sus botas, a las seis de la mañana, me devuelve la fe en la gente”, comparte Don Julio, vecino y guardián de la portada. “Aquí cambió la noche y cambió la mirada”.
Alianzas que cuidan y miden
La universidad pública local apoyó con análisis de suelo y talleres de manejo de residuos. Se midieron metales, se ajustaron abonos y se planificó por etapas.
Los resultados muestran suelos seguros tras la remediación con materia orgánica y plantas bioacumuladoras, como mostaza y girasol. “La ciencia acompañó la intuición barrial”, apunta Lina, con orgullo tranquilo.
Lo que aprendieron en el camino
En tres años, el proyecto consolidó prácticas claves que cualquiera puede replicar con pocos recursos:
- Empezar pequeño y medir cada paso.
- Cubrir suelos y priorizar diversidad.
- Regar con captación de lluvia y goteo casero.
- Abrir espacios de aprendizaje y cuidado comunitario.
Semillas para mañana
El próximo reto es un vivero de nativas para reforestar esquinas y andrines. También una cocina comunitaria para transformar excedentes en salsas, encurtidos y mermeladas.
Se sueña con paneles solares para el sistema de riego y con más bancales elevados para adultos mayores. “Queremos que el barrio coma mejor y respire más verde”, resume Laura, con tierra en las uñas.
Cómo sumarse sin excusas
Los sábados hay minga abierta con tareas para todas las edades. Se reciben herramientas usadas, semillas criollas y residuos orgánicos limpios de la semana.
Si vives cerca, trae tu botella para llenar de biol y aprender a usarlo en tu jardín o en tu maceta. “Aquí nadie sobra y todo residuo sirve”, repiten los chicos, mientras guardan la cosecha del día.
En cada bancal hay un recordatorio pequeño y luminoso: el cambio empieza con dos manos y una semilla. Y cuando la comunidad se organiza, hasta del suelo más duro brota futuro.