ʼLo hicimos entre todos sin un solo peso del municipioʼ: el barrio de Montería que construyó su propia plaza

Amanecía sobre el sur de Montería cuando una cuadrilla de vecinos comenzó a mezclar arena y cemento. No había retroexcavadoras ni contratos, solo palas, carretillas y termos con tinto humeante. Lo que durante años fue un lote polvoriento empezó a transformarse, a pulso, en una plaza viva.

“Si nos sentábamos a esperar, seguíamos rodeados de maleza”, dice Marta, líder del barrio, con las manos aún manchadas de pintura. Una a una, las familias sumaron horas, codos y sonrisas para levantar un espacio que ahora late con fútbol, juegos y tertulias al atardecer.

Una promesa que se volvió obra

Al principio fue una idea, casi un susurro en las reuniones de la Junta de Acción Comunal. Había niñas sin parque, jóvenes sin cancha y adultos mayores sin una sombra donde conversar sin miedo.

El plan fue simple y terco: hacerlo con lo que hubiera, con manos del barrio y materiales conseguidos “a la cachucha”. “Aquí no hubo licitación, hubo confianza”, resume Jairo, el electricista que tendió el cableado con prudencia y mucha maña.

Horas de trabajo y creatividad

Durante cuatro meses, los sábados fueron de minga y los domingos de sancocho compartido. La obra se armó por frentes: quienes sabían de niveles marcaron pendientes, quienes cortan madera hicieron bancas, quienes pintan crearon un mural que espanta el gris.

“Cada saco de cemento tenía dueño, cada luminaria un padrino”, cuenta Nubia, maestra de preescolar que coordinó la guardería improvisada para que madres y padres pudieran meter hombro sin descuidar a los chicos.

Cómo se financió sin burocracia

El dinero no sobró, así que se inventaron todo. Hubo bingos barriales, una “vaca” virtual, rifas de empanadas y una donación de una ferretería que cambió voluntariado por remanentes de obra.

Se recibieron palets de supermercado, llantas que se volvieron jardines, y tubos de PVC rescatados de una demolición que ahora conducen aguas lluvias con una pendiente correcta. “Aquí la plata fue la última herramienta; primero fue la voluntad”, dice Camilo, estudiante de ingeniería que calculó la losa para que no se agriete con el primer aguacero.

Una plaza pensada para quedarse

Nada fue al azar. La plaza ocupa 1.200 metros cuadrados, con una franja permeable alrededor que bebe la lluvia y cuida las raíces de los árboles. Las luminarias son de energía solar, con relojes que regulan el encendido y vecinos designados como custodios.

La cancha mide lo justo para torneos de microfútbol, con arcos de acero reciclado y redes cosidas a mano. Las bancas de madera están atornilladas a bases de concreto para que el viento y el olvido no se las lleven.

  • Zona de juegos con caucho reciclado, mural colectivo de 30 metros, 12 luminarias solares, 18 bancas de madera reusada, tres especies de árboles nativos (caracolí, cañaguate, guayacán), drenaje pluvial perimetral y una estantería de “biblioteca al aire libre”.

Más que cemento: tejido social

La plaza no solo cambia el paisaje; cambia la lógica. Donde había escombro y zozobra, hoy hay niños con balón y trompo. Donde rondaban rumores, ahora circula una palabra simple: cuidado.

“Lo mejor no es la cancha, es ver a don Eusebio enseñando a plantar un guayacán”, dice Sarita, adolescente que pintó estrellas en el mural. A la par, surgieron comités de convivencia y una regla clara: la plaza se cuida entre todos, sin distinción de camiseta, credo o acento.

Los pequeños conflictos se resuelven con silla plástica y voz bajita. Si algo se rompe, se anota en una pizarra y se organiza una mano de obra para el fin de semana. No hay sanciones, hay acuerdos.

Obstáculos que no los frenaron

No faltó quien dijera “eso no se puede”, ni la carta oficial que advirtió sobre “responsabilidades” por ocupar espacio público. La respuesta fue abrir el plano, invitar a los funcionarios, y registrar con actas cada avance para dejar huella de transparencia.

También hubo un reto técnico: el lote tenía un punto bajo que hacía charcos. Con grava, canaletas y un pequeño sumidero, resolvieron el anegamiento sin gastar en una retro alquilada.

Lo que viene

Con la plaza andando, el barrio sueña más alto. Preparan un festival de música costeña, una noche de cine con sábana y proyector, y un taller de primera infancia para que el juego no sea privilegio de nadie.

“Esto nos devolvió la palabra y la risa”, dice Marta, mirando cómo un grupo de chicos acomoda las redes antes del primer partido de la tarde. “Cuando alguien pregunta quién hizo todo esto, contestamos lo mismo: lo hizo la cuadra”.

Quedó una plaza, sí, pero sobre todo quedó una maña compartida para resolver lo que la ciudad a veces olvida. En cada poste hay una historia, en cada árbol un pedazo de futuro, y en cada banco una promesa que se cumple al sentarse juntos, sin cita ni permiso. Porque cuando las manos se encuentran, el cemento es apenas el pretexto.

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