Durante años el agua de una laguna del altiplano cambiaba de color sin explicación y por fin saben por qué

Durante años, una enigmática laguna del altiplano andino pasó de un azul turquesa a un rojo ladrillo, luego a un verde opalescente, sin que nadie pudiera dar una explicación convincente. Los pobladores hablaban de un agua “viva”, los turistas de un espejo caprichoso, y los científicos de un sistema extremo que desafiaba sus modelos. Hoy, tras una campaña de monitoreo sin precedentes, el rompecabezas tiene piezas que encajan.

Un enigma que inquietaba a todos

En una cuenca alta, barrida por vientos bruscos y sol implacable, el color del agua podía mutar en cuestión de horas. “Hubo mañanas verdes que se volvieron rojas al atardecer”, recuerda una guardaparque local, con la calma de quien aprendió a leer el cielo. La comunidad veía en el brillo carmín presagios de sequía, y en el matiz lechoso avisos de lluvia. Mientras, drones y sensores empezaban a registrar cambios súbitos que pedían una teoría.

Pistas en el barro y en el viento

Las primeras muestras revelaron aguas con alta salinidad, trazas de hierro y abundantes sulfatos, todo en un equilibrio inestable. En los sedimentos, capas de yeso y arcillas con óxidos mostraban una historia escrita a golpes de evaporación y pulsos de deshielo. “El viento aquí es un laboratorio”, explica un geomicrobiólogo, “porque levanta el fondo, mezcla capas y cambia la luz que penetra en la columna de agua”. Cada ráfaga, un experimento natural.

La pieza que faltaba: hierro y microorganismos

El equipo halló una llave doble: transiciones del hierro entre estados ferrosos y férricos, y floraciones de microorganismos que producen pigmentos intensos. Cuando domina el hierro en forma férrica, se forman hidróxidos rojizos que tiñen la superficie. Con salinidades altas, prosperan halófitos como los haloarqueas y microalgas tipo Dunaliella, ricas en carotenoides que aportan tonos anaranjados. Si llega agua de deshielo y baja la sal, emergen diatomeas verdosas que devuelven el color esmeralda. “No era una sola causa”, resume la autora principal, “sino una sinfonía de química, luz y vida microscópica”.

El papel del clima extremo

A 4.000 metros, la radiación ultravioleta es feroz y acelera reacciones de fotocatálisis que oxidan el hierro en minutos. La atmósfera seca concentra sales, y los ciclos día-noche alteran la temperatura lo bastante para reorganizar las capas de agua. En años de mayor deshielo, los pulsos dulces empujan floraciones verdes; en sequías prolongadas, el espejo se vuelve más salino y rojizo. “El color es un termómetro del sistema”, dice un limnólogo, “y el clima está subiendo la fiebre”.

Desencadenantes que mueven la paleta

  • Pulsos de deshielo que diluyen la salinidad y favorecen diatomeas verdes.
  • Evaporación extrema que concentra sales y activa carotenoides rojizos.
  • Ráfagas que resuspenden óxidos de hierro, pintando tonos ocres.
  • Variaciones de pH por lluvia o polvo, que empujan cambios rápidos en la química del hierro.

Ciencia y comunidad

La respuesta llegó gracias a una alianza poco común: laboratorios con espectroscopía portátil, pastores que miden la conductividad, y estudiantes que toman fotos en horarios fijos. Con un simple código de colores y sensores de bajo costo, el registro diario captó los “momentos bisagra” del sistema. “Si entiendes el color, entiendes la laguna”, repite una maestra rural, orgullosa del cuaderno donde sus alumnos anotan vientos, nubes y olores sulfurosos.

Lo que revela la investigación

El estudio muestra que pequeñas variaciones en salinidad, pH y estado del hierro pueden transformar la apariencia en pocas horas. La columna de agua es tan somera y tan clara que la reflectancia cambia con mínimos pulsos de polvo o plancton. Además, los flamencos andinos, al forrajear, remueven sedimentos y suman otro trazo a la paleta. “No hay magia oscura aquí”, bromea un técnico, “hay física, química y un ejército de microbios”.

Un espejo que advierte

Saber por qué cambia el color no es solo satisfacer una curiosidad: permite anticipar estrés ecológico. Si el rojo aparece fuera de temporada, puede señalar hipersalinización rápida; si el verde se apaga, quizá faltan nutrientes o sobra turbidez. Con esa lectura, las autoridades ya discuten proteger los arroyos de ingreso, limitar extracciones de agua y diseñar una red de alerta temprana con boyas que midan conductividad, turbidez y radiación UV.

Un misterio que ahora guía

La laguna que antes parecía caprichosa se revela como un sistema sensible, donde el hierro es un pincel, el fitoplancton la tinta y el clima la mano que agita el lienzo. Quedan preguntas abiertas —sobre umbrales de pH, sobre resiliencia de las poblaciones microbianas—, pero ya hay un mapa para cuidarla. “El color es un lenguaje”, dice la guardaparque al atardecer, “y por fin hemos aprendido a escucharlo”. Con cada destello turquesa o reflejo granate, la laguna sigue contando su historia.

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