¿Y si renováramos las estaciones de metro con baldosas de terracota?

En determinadas estaciones del metro el calor viene de abajo, de las paredes, de las vías, de la gente apiñada esperando. Llega incluso cuando el día al aire libre todavía parece manejable. Bajo tierra el aire cambia de consistencia, se detiene, adquiere el calor de los trenes, de los sistemas, de las luces, de las carrocerías. Cualquiera que haya esperado un metro en pleno verano conoce esa sensación: el ruido de la línea acercándose, la repentina ráfaga, el alivio de unos segundos y luego el aire pesado otra vez.

De esta escena tan concreta nació Viento del valle de terracotaun concepto diseñado para transformar esa ráfaga en algo útil. La idea es utilizar la terracota en el metro como superficie activa, capaz de absorber agua y liberarla lentamente mediante evaporación, mientras el viento generado por los trenes atraviesa los módulos y lleva aire más fresco hacia los andenes. El proyecto, adjudicado dentro del Premio Red Dot: Concepto de diseño 2022se describe como un sistema de refrigeración pasiva de las estaciones durante el verano, diseñado para reducir el uso del aire acondicionado tradicional y el consumo energético.

El viento ya esta ahi

Lo más interesante de este sistema reside en la sencillez del material. Cada tren que entra o sale de una estación desplaza grandes volúmenes de aire. Normalmente ese viento se percibe como una molestia, una ráfaga sucia y caliente que levanta pelos, periódicos, polvo fino y la paciencia de los viajeros. Aquí se convierte en un recurso ya disponible. No se ha añadido ninguna máquina para producir movimiento, ni se ha añadido ningún mecanismo que consuma mucha energía a un problema que ya está lleno de consumo. Los convoyes pasan de todos modos. El proyecto intenta explotar precisamente ese pasaje.

Los módulos están compuestos por azulejos de terracotamarcos de acero, elementos de goma y válvulas flotantes. El agua permanece dentro de pequeños canales y llega a la cerámica desde abajo por capilaridad. La terracota, porosa por naturaleza, la distribuye lentamente por toda la masa del material. Cuando el aire movido por los trenes pasa sobre la superficie, el agua se evapora y elimina calor del ambiente circundante. El resultado esperado es un flujo de aire menos cálido, dirigido hacia el área del muelle.

Vista así, la terracota deja de ser sólo un bonito revestimiento para fotografiar. Se convierte en una pieza de infraestructura climática, con un aspecto casi doméstico y una función muy urbana. En imagenes del proyectouna estación como Santa Eulàlia, en Barcelona, ​​da una buena idea: paredes revestidas de elementos materiales cálidos, alejados de la frialdad brillante de muchas superficies subterráneas. El punto práctico queda claro: el material debe mojarse, respirar, ofrecer superficie al aire y dejarlo pasar.

La terracota funciona lentamente.

El principio físico es antiguo. La evaporación enfría porque el agua, al pasar al estado de vapor, absorbe energía térmica. Es la misma razón por la que un suelo mojado parece más fresco, o por la que el agua y la cerámica siempre han jugado un papel específico en muchas arquitecturas tradicionales de climas cálidos. Aquí esa lógica se traslada a una estación de metro, con un diseño modular y controlable.

Los diseñadores también trabajaron en la forma de los azulejos. La superficie ondulada sirve para guiar el viento generado por el tren y aumentar el área de contacto entre el aire y el material húmedo. La combinación de elementos positivos y negativos, es decir, módulos con relieves y huecos complementarios, tiene como objetivo mejorar el intercambio entre calor y frío. Además, la estructura modular permite un transporte, montaje y sustitución más sencillos, un detalle mucho menos espectacular que la palabra «innovación», pero decisivo cuando se habla de transporte público real.

El mantenimiento será el verdadero desafío. Una estación de metro es un lugar duro: vibraciones, suciedad, humedad, pasos continuos, golpes, limpieza, desgaste. Un sistema de este tipo debe seguir siendo accesible, lavable e inspeccionable. Debe manejar el agua sin crear moho, estancamiento o superficies resbaladizas. Tiene que funcionar en diferentes condiciones, con flujos de aire irregulares, frecuencias de trenes variables, temperaturas que cambian de una ciudad a otra. La belleza de la idea sólo se sostiene si su parte menos fotogénica también se sostiene.

El calor bajo tierra

Los metros europeos, incluidos los italianos, son muy conscientes del problema. Las líneas más antiguas nacieron en tiempos en los que el verano urbano tenía un peso diferente, el aire acondicionado estaba menos presente y la aglomeración de pasajeros seguía ritmos diferentes. Hoy en día, muchas estaciones deben absorber olas de calor más intensas, turismo, desplazamientos, sistemas eléctricos y convoyes cada vez más frecuentes. Un muelle puede convertirse en una pequeña habitación cálida con puertas automáticas.

La terracota del metro habla precisamente de esta dificultad: encontrar soluciones menos onerosas, capaces de ayudar allí donde el aire acondicionado cuesta, consume y, a menudo, conlleva enormes complicaciones técnicas. El proyecto pretende enfriar sin transformar cada estación en una máquina que consuma aún más energía. La condicional sigue siendo necesaria, porque un concepto premiado y una red de transporte que funcione son dos mundos diferentes. Entre el enlucido y la obra pasan pruebas, balances, certificaciones, materiales, seguridad, dinero público y mantenimiento.

Sin embargo, la intuición tiene una fuerza concreta. En lugar de limitarse a añadir dispositivos, trabaje en tres elementos que ya están presentes o son fáciles de integrar: agua, aire y cerámica. El metro produce viento con cada llegada. La terracota deja pasar la humedad. La evaporación reduce la temperatura percibida. Tres cosas casi banales, reunidas en un lugar donde la banalidad, si funciona, vale su peso en oro.

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