Océanos para siempre: el sueño de los Parques Nacionales Marinos

Por Manuel Torino

Fotos: Aconcagua.lat / Video: Aconcagua.lat y Beagle Secretos del Mar

A bordo de la “Atrevida”, una diminuta pero irreverente lancha que surca la inmensidad del mar patagónico, queda especialmente claro que el ser humano es una especie exótica para los océanos.

 

Navegamos escoltados por toninas, lobos marinos y pingüinos que parecen saludarnos desde las aguas cristalinas. Sobre nuestras cabezas sobrevuelan petreles y albatros.

 

Lo que vemos es solo la punta de este iceberg de biodiversidad: en las profundidades yacen cientos de especies, que van desde peces, pulpos, langostas y estrellas de mar hasta diversos organismos planctónicos.

 

Nos adentramos hacia el Atlántico y a nuestras espaldas queda Bahía Bustamante, uno de los puntos de mayor riqueza marina de Sudamérica.

 

De hecho, pocos lugares en el mundo concentran la abundancia y diversidad de fauna oceánica como este rincón perdido de la provincia de Chubut que el propio The New York Times describió como “la respuesta secreta de Argentina a las Galápagos”.

 

Sin embargo, pese a que la costa de Bahía Bustamante es un área protegida –forma parte del Parque Marino Costero Patagonia Austral– gran parte de su zona marina no lo es. Y en la actualidad, al igual que el resto del Mar Argentino, corre un serio peligro ambiental.

 

Pero no todo está perdido. Cada vez son más los científicos, ambientalistas y voluntarios que buscan darle visibilidad a las riquezas del océano para, de esta forma, protegerlo mediante una novedosa figura: la de los Parques Nacionales Marinos.

“Como parte de la plataforma continental, el Mar Argentino es uno de los ambientes marinos que se encuentran entre los más amenazados del planeta, con las mayores consecuencias para la vida en sus diversas formas”, explica el científico y conservacionista Claudio Campagna en diálogo con ACONCAGUA.

 

Conocedor como pocos de la Patagonia Atlántica, este prestigioso investigador, PhD en Biología y miembro de la Wildlife Conservation Society advierte que nuestro mar es vulnerable a la destrucción de ambientes, a la sobrepesca y a la contaminación.

 

“El Mar Argentino no está bien protegido”, resume Campagna.

 

Aunque no seamos plenamente conscientes de ello, la superficie marina de Argentina representa el 36% del territorio nacional. Así es: más de un tercio de nuestro país es agua.

 

Sin embargo, apenas el 3% está protegido de peligros cada vez más graves.

 

¿Cuáles son estas amenazas? Por nombrar solo algunas: la pesca incidental –es decir, la captura no intencionada de especies por parte de los buques pesqueros–, la sobrepesca – la captura excesiva de una especie que impide su regeneración–, la contaminación de plásticos y la acidificación, como se conoce la alteración del PH en el agua producto de las actividades humanas.

Corazón en peligro

“Dependemos del océano mucho más de lo que tenemos conciencia y sabemos realmente”, opina Martina Sasso, líder del movimiento Sin Azul No Hay Verde, el programa marino de The Conservation Land Trust, la fundación conservacionista que creó el fallecido Douglas Tompkins y su viuda, Kris McDivitt.

 

Es que la Tierra es un planeta que perfectamente podría llamarse Agua: los océanos ocupan el 70% de la superficie global.

 

Entre otras cosas, el ecosistema más grande del mundo regula el clima del planeta, brinda el 50% del oxígeno que respiramos, absorbe el 95% de la radicación solar y almacena dióxido de carbono. “Todas funciones esenciales para sostener la vida en el planeta”, explica Sasso.  

 

Como si fuera poco, además los mares cumplen un rol económico clave en la sociedad global: son fuente de trabajo y de alimento para miles de millones de personas.

“La naturaleza puede vivir sin nosotros, 

pero nosotros no podemos vivir sin la naturaleza”

“Si seguimos creyendo que la manera en que depredamos este planeta es sustentable, entonces caminamos ciegos hacia la extinción”, advierte Sasso.

 

Así las cosas, si el océano es el corazón del planeta, el diagnóstico es claro: estamos ante un paciente con problemas cardíacos severos.

36 %
de la Argentina es mar
3 %
está protegido
+ 60
especies amenazadas de extinción tiene el mar argentino

De espaldas al océano

“Cada temporada, más de 100.000 pingüinos magallánicos anidan en las islas vecinas a Bahía Bustamante, junto a unos 4000 lobos marinos y a aves endémicas como la gaviota cangrejera o el pato vapor”, cuenta mientras timonea su lancha Matías Soriano, nieto del pionero español que llegó a este paraje en 1953 atraído por el potencial comercial de las algas que regalaba el mar.

 

En medio de semejante exuberancia natural, es fácil entender por qué la plataforma marina argentina es una de las más ricas del planeta.   

 

Según los expertos, su gran extensión y poca profundidad la convierte en una de las áreas oceánicas más productivas, con un ecosistema diverso y rico en especies.

 

Cuenta con unas 700 variedades de vertebrados, 900 de moluscos y más de 1400 especies de organismos.  Y como si fuera poco, en nuestras aguas habitan 5 de las 7 especies de tortugas marinas del mundo, además de delfines, orcas y ballenas.

 

Sin embargo, si se le pide a un argentino que dibuje su país en una hoja de papel, es muy probable que represente sólo los límites terrestres. Sin el mar.

 

Es que nuestra relación con el territorio marino es, por lo menos, singular. La ciudad de Buenos Aires es, quizás, el ejemplo más sintomático: la capital del país está construida de espaldas al río más ancho del mundo.

 

Nos relacionamos con el mar hasta las rodillas”, opina Campagna. Y agrega: “El mar es difícil de conservar porque lo que se necesita cuidar se ve poco o directamente no se ve: los fondos, la columna de agua”.

 

Por eso, convencidos de que “no se puede proteger lo que no se conoce”, muchos naturalistas superan todo tipo de obstáculos para compartir la belleza del océano a cada vez más gente.

“Nos relacionamos con el mar hasta las rodillas”

Es el caso de Beagle Secretos del Mar, un proyecto creado por tres amigos de Ushuaia fanáticos del buceo y la fotografía que busca compartir imágenes de la biodiversidad subacuática de la Patagonia Argentina, principalmente de la zona del Canal Beagle, en Tierra del Fuego.

 

“Creemos que el conocimiento es la mejor forma de generar conciencia sobre el frágil ecosistema marino”, cuentan a ACONCAGUA desde los confines del mundo Félix Zampelunghe, Augusto De Camilis y Mariano Rodriguez, a cargo del proyecto.  

 

“Jacques Cousteau decía que ‘la gente protege lo que ama’ y por eso damos a conocer la riqueza de estas aguas, en especial a las nuevas generaciones, que son quienes tienen todo el potencial para revertir el trato que le damos al planeta, nuestro único hogar”, agrega el trío, que suele sumergirse en bosques de algas subacuáticos con aguas heladas de hasta 1,5º para obtener su fascinante material.

 

A nivel global, muchas empresas también están tomando cartas en el asunto. Por ejemplo, Corona, junto a la ONG Parley for the Oceans, se comprometió a proteger 100 islas alrededor del mundo para 2020.

 

Fruto de esta alianza, ya se está trabajando con comunidades locales en destinos cuyos mares están amenazados, como las Maldivas, República Dominicana y Chile.

Cuidar para siempre

Avanzamos con la “Atrevida” por las aguas prístinas de la caleta Malaspina, entre miles de lobos marinos y pingüinos, descubriendo al pasar una biodiversidad que parece convivir en perfecto equilibrio con la actividad humana.

 

Sin embargo, esta localidad ubicada a 180 kilómetros de Comodoro Rivadavia, sobre el margen norte del golfo San Jorge no siempre fue un santuario natural: décadas atrás, debido a la extracción intensiva de algas y de la actividad pesquera, se alteró el ecosistema a punto tal que lo que había llegado a ser un pujante pueblo de 400 habitantes –con iglesia, escuela, comisaría y proveeduría– quedó al borde de la extinción.

 

“Hoy nuestra filosofía es preservar el entorno natural con un proyecto sustentable”, asegura Soriano, mientras cuenta cómo se fueron recuperando las poblaciones de distintas especies desde que la zona pasó a ser parte del Parque Patagonia Austral.  

 

Con esta experiencia de conservación de primera mano, el propio Soriano, junto a ONGs biólogos, científicos y cientos de voluntarios impulsa un movimiento que bajo el lema “Sin Azul No Hay Verde”, promueve la creación de los primeros Parques Nacionales Marinos.

Santuario marino

Namuncurá – Burwood II uno de los futuros parques nacionales, tendrá el tamaño de la provincia de Misiones. Con sus 4.000 metros de profundidad, alberga cañones submarinos, jardines de coral y bosques que dan refugio y sirven de ruta migratoria para miles de especies, mamíferos y aves.

Maravillosas profundidades

En tanto, el futuro Parque Nacional Yaganes está ubicado en aguas que vinculan a nuestro país con el océano Pacífico y la Antártida. Tiene una superficie 69.000 km2 y cuenta con cañones y montes submarinos donde viven mamíferos marinos amenazados como el cachalote, la ballena Sei y la ballena Fin.

Esta novedosa figura, que ya funciona con éxito en países como Chile, México y Estados Unidos, es una de las herramientas más estrictas de conservación para los océanos.

 

“Estos futuros parques prohíben cualquier actividad extractiva”, explica Sasso. “Esto genera que los recursos marinos se recuperen, protegiendo los hábitats de manera ecosistémica”.

 

El diciembre pasado, el proyecto de ley entró al Congreso. Propone comenzar protegiendo dos áreas: Banco Namúncura – Burwood II, en Tierra del fuego, y Yaganes, también al extremo sur de la Argentina.

 

Estas áreas, que juntas suman casi 100.000 km2, son pródigas en biodiversidad marina, con maravillosos cañones y montes submarinos, jardines de coral y bosques subacuáticos que dan refugio a cientos de especies como cachalotes, ballenas, tiburones, rayas, quimeras y lobos marinos, entre otras que la ciencia todavía no descubrió.

 

Una vez cumplido el primer paso, el sueño continúa: el objetivo es llegar a proteger el 20% del mar argentino para el 2020.

Porque, como dice Sylvia Earle, exploradora de National Geographic y fundadora de Mission Blue, “lo que hagamos o dejemos de hacer, determina nuestro futuro.”

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