En Methana uno espera más fácilmente el sonido del mar que el de la geología profunda. La península griega se asoma al golfo Sarónico, se encuentra en el sistema volcánico helénico y trae consigo un paisaje casi tranquilo: rocas, pendientes bajas, fuentes termales, restos de antiguos flujos. La hoja del Programa Global de Vulcanismo indica para Methana una última erupción conocida en 258 aCdentro del arco volcánico helénico, el mismo gran contexto geológico al que también pertenecen otros volcanes griegos más famosos.
Sin embargo, durante mucho tiempo, la parte más interesante del Volcán Metana él estaba en otra parte. Mucho más bajo. La superficie daba la impresión de un sistema casi muerto: ni flujos, ni columnas de ceniza, ni señales teatrales. A continuación, según un nuevo estudio publicado en Avances científicosel magma continuó acumulándose en las cámaras profundas, incluso durante un período de tranquilidad que duró más 100 mil años.
Para leer una historia tan larga, los investigadores utilizaron cristales diminutos: el circonitas. Son minerales que se forman en depósitos magmáticos cuando la roca fundida comienza a enfriarse. Tienen una cualidad preciosa: conservan rastros químicos e información sobre la edad cuando crecen. Una especie de archivo natural, más paciente que cualquier crónica humana.
El equipo de investigación data más allá de eso. 1.250 cristales de circón distribuidos a lo largo de aprox. 700 mil años de la historia volcánica. De aquella obra surgió una reconstrucción muy distinta a la aparente calma. Methana produjo magma casi continuamente. En algunas fases ese magma llegó a la superficie y generó erupciones. Sin embargo, en un intervalo muy largo, el volcán permaneció en silencio durante más de 100 mil años. Precisamente en ese tramo, sin embargo, el crecimiento de los circones alcanzó su punto máximo: la señal de un sistema interno que todavía está muy activo.
Lo sorprendente está aquí, sin necesidad de inflarlo. El silencio del volcán, visto desde fuera, parecía un final. Leído desde el subsuelo, parecía una larga fase de acumulación. Inactividaden este caso, se convierte en una palabra menos tranquilizadora de lo que parece. No habla de inmovilidad. Habla de una superficie tranquila sobre un mecanismo que sigue funcionando.
El magma demasiado rico en agua se espesó durante el ascenso.
El pasaje más curioso del estudio se refiere a la razón por la cual ese magma, a pesar de producirse en las profundidades, tuvo dificultades para llegar a la superficie. La respuesta viene del agua. El magma que alimentaba la cámara superior de Methana era mucho más rico en agua de lo esperado, especialmente en las fases tranquilas. Esta agua proviene de procesos de subducción: una placa que se hunde arrastra consigo sedimentos y fluidos oceánicos, modificando el manto y haciendo más eficiente la producción de magma.
Casi parece una paradoja, porque una mayor alimentación desde abajo debería conducir a más erupciones. Aquí sucede algo más viscoso, más lento, más tenaz. Durante el ascenso, el magma rico en agua se satura, forma burbujas y cristaliza más fácilmente. Los cristales aumentan, la densidad aumenta, el material se vuelve menos móvil. El magma se espesa y se ralentiza por sí solo. Los modelos físicos y termodinámicos utilizados en el estudio indican precisamente esto: una parte del magma queda atrapada en la corteza, mientras que el reservorio subterráneo sigue creciendo.
Los investigadores vinculan este comportamiento con los llamados magmas súper hidratadocon contenidos de agua muy elevados, superando el 6% en peso según datos asociados al estudio. Sin embargo, un detalle técnico cambia la interpretación de muchos volcanes en zonas de subducción. El magma muy húmedo puede alimentar el sistema y, al mismo tiempo, dificultar la erupción inmediata.
La lección de Methana también se aplica a otros volcanes silenciosos.
Methana se convierte así en un caso mucho más grande que su península. Los autores sugieren que se pueden aplicar mecanismos similares a otros volcanes relacionados con la subducción, es decir, aquellos sistemas en los que una placa tectónica desciende debajo de otra y alimenta la producción de magma. En declaraciones recogidas por ETH Zurich, el mensaje se extiende a las autoridades que evalúan el riesgo volcánico en zonas como Grecia, Italia, Indonesia, Filipinas, Japón y América.
Aquí se necesita precaución. El estudio no anuncia una erupción inminente en Methana. No convierte a cada volcán silencioso en una amenaza a punto de explotar. Dice algo más inconveniente y más útil: una ausencia prolongada de erupciones puede dar una percepción incompleta del riesgo. Algunos sistemas reciben poca atención precisamente porque han estado en silencio durante miles o decenas de miles de años. El subsuelo, sin embargo, puede tener una memoria diferente a la de la superficie.
Por eso es importante la monitorización moderna. Los terremotos, las deformaciones del suelo, las emisiones de gases y las imágenes geofísicas de alta resolución pueden mostrar movimientos y acumulaciones antes de que sean visibles a simple vista. Son herramientas menos espectaculares que un flujo de lava, pero mucho más útiles cuando el problema está por debajo del nivel del paisaje.
El Volcán Metana Sobre todo, nos enseña a desconfiar de una calma excesivamente ordenada. Una pendiente tranquila, una costa silenciosa, una roca antigua expuesta al sol griego sólo pueden decir la mitad de la frase. La otra mitad permanece en la corteza, entre diminutos cristales y magma a la espera. La superficie estaba en silencio. Zircon tomó notas.