Los colibríes están evolucionando dramáticamente gracias a nosotros: por eso los humanos también están cambiando sus picos

Hay una escena que muchos conocen bien: un comedero colgado del balcón, un líquido azucarado que brilla al sol y un colibrí que llega como una flecha, se detiene por unos instantes y luego desaparece. Un gesto sencillo, casi afectuoso, que involucra cada año a millones de personas en Estados Unidos. Sin embargo, este hábito tan diario está contribuyendo a algo mucho más grande: la evolución de los colibríes influenciada por el hombreaquí y ahora.

La pregunta es tan banal como poderosa: ¿qué sucede cuando los animales salvajes encuentran una fuente de alimento constante, fácil y siempre disponible? ¿Simplemente continúan con su vida habitual o, con el tiempo, ese consuelo comienza a dejar una huella más profunda?

Un grupo de investigadores de la Universidad de California en Berkeley decidió llegar al fondo de esta cuestión eligiendo una especie que simboliza la convivencia con el hombre: el colibrí de Anna, de nombre científico Calypte anna. Un colibrí que, en lugar de desaparecer bajo la presión de la urbanización, parece haber encontrado la manera de prosperar junto a nosotros.

Un colibrí que crece donde crecen las ciudades

Cualquiera que haya visitado la costa oeste de América del Norte seguramente la habrá visto. Pequeño, muy rápido, con reflejos verdes y bronceados, el colibrí de Anna es ya una presencia habitual en jardines, parques y barrios residenciales. Mientras muchas especies luchan por sobrevivir a la pérdida de hábitat, este colibrí ha hecho todo lo contrario: ha ampliado su área de distribución y aumentado el número de individuos.

Según los investigadores, esto no es una coincidencia. Esta ave se mueve donde nos movemos los humanos, explota los recursos que creamos y se adapta con una velocidad sorprendente. Un comportamiento que la asemeja a otras especies «comensales», capaces de vivir en estrecho contacto con nosotros sin ser domesticadas.

El pico, una cuestión de vida o muerte

Para un colibrí, la energía lo es todo. Su metabolismo funciona a un ritmo muy alto y cada error puede salirle caro. Por este motivo el pico no es sólo un rasgo estético, sino una herramienta fundamental que decide con qué eficacia el animal es capaz de alimentarse y competir con los demás.

Durante los últimos cien años, el colibrí de Anna se ha enfrentado a dos cambios importantes relacionados con los humanos. Por un lado, la proliferación de plantas ornamentales alóctonas, como el eucalipto, capaces de producir néctar incluso cuando las especies locales no florecen. Por otro, la invención y difusión de los alimentadores, que transforman patios y balcones en auténticas estaciones de energía siempre abiertas.

A todo esto se suma otro elemento: la expansión hacia zonas más frías, donde la supervivencia requiere un delicado equilibrio entre nutrición y dispersión de calor.

Dieta, resfriado y pequeños compromisos diarios

El colibrí no vive sólo de azúcar. Los insectos y las arañas proporcionan las proteínas que tanto necesitan, mientras que en las noches más frías estas aves pueden entrar en un estado de letargo, lo que reduce su metabolismo para conservar energía. Pero tener una fuente de alimento fácil durante el día puede marcar una gran diferencia, especialmente en invierno, cuando las flores escasean.

Y es precisamente en este contexto donde los comederos se convierten en algo más que una simple ayuda: se convierten en una presión constante sobre la evolución de la especie.

Para comprender lo que realmente estaba sucediendo, los investigadores reunieron pistas de diferentes mundos. Midieron cientos de ejemplares conservados en museos, recolectados desde finales del siglo XIX hasta principios de los años 2000, analizando la forma del pico en detalle y no solo en longitud.

Luego reconstruyeron la difusión de comederos y plantas ornamentales a través de periódicos antiguos, anuncios y artículos que contaban cómo estas novedades se difundieron por las comunidades. Finalmente, compararon todo con datos de grandes censos ornitológicos, como el Audubon Christmas Bird Count, que lleva décadas monitorizando la presencia de aves en la zona.

Comederos y picos que cambian de forma

Cuando se juntan todos estos datos, el panorama se vuelve claro. Donde aumentan los comederos y los eucaliptos, también aumentan los colibríes. Pero no sólo eso. El pico del colibrí de Anna realmente ha cambiado con el tiempo. Se ha vuelto más largo, más cónico y con una forma más delgada en la parte superior. No un crecimiento aleatorio, sino una transformación precisa, coherente con una nueva forma de comer.

Los machos, en particular, muestran una punta superior más pronunciada, una característica que podría ayudar en las batallas alrededor de los comederos, donde la competencia es intensa y a menudo agresiva.

Contrariamente a la creencia popular, los colibríes no beben “a través” del pico. Usan una lengua especial que se mueve hacia adelante y hacia atrás a una velocidad impresionante. En las flores naturales esto significa pequeños sorbos de muchas corolas diferentes. En el pesebre, sin embargo, la situación cambia: sólo hay una fuente rica y concentrada, que debe ser explotada al máximo antes de ser ahuyentada. En este contexto, incluso un pequeño cambio en la forma del pico puede marcar la diferencia entre comer más o ser ahuyentado.

Control de frío, latitud y temperatura.

El estudio también muestra otro detalle interesante. En zonas más frías, los picos tienden a ser un poco más pequeños. La razón es simple: el pico dispersa el calor. Reducir su tamaño ayuda a retenerlo. Por tanto, no sólo nutrición, sino también termorregulación. Un equilibrio sutil, moldeado por el entorno e, indirectamente, por nuestras elecciones.

Los investigadores son cautelosos y hablan de convergencia de evidencias, no de certezas absolutas. Pero el mensaje es contundente: el hombre puede impulsar cambios evolutivos rápidos incluso sin quererlo. No se necesitan millones de años. Todo lo que se necesita son décadas, unas pocas generaciones y un entorno profundamente cambiado.

El estudio, publicado en Biología del cambio globalnos recuerda que el impacto humano sobre la naturaleza no proviene únicamente de la destrucción de los hábitats. A veces se manifiesta a través de gestos cotidianos aparentemente inofensivos, como llenar un pesebre. El colibrí de Anna, con su pico que cambia de forma y su éxito cerca de nuestros hogares, es una prueba viviente de que la evolución no es una historia lejana. Está sucediendo ahora, a menudo justo debajo de nuestro balcón.

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