¿Qué está pasando con el salmón «drogado» por la cocaína cada vez más presente en el agua dulce?

El agua está igual que ayer, el lago también. Desde fuera no se ve nada. Entonces llegan los datos y el panorama cambia: los residuos de las drogas consumidas por los humanos también terminan en aguas dulces, y esos residuos pueden cambiar el comportamiento de los animales salvajes. En el caso del salmón, el cambio tiene que ver con el movimiento, la distancia que recorren, la forma en que ocupan el espacio. Es un detalle sólo en apariencia. En un ecosistema acuático, donde va un pez decide qué encuentra para comer, quién puede aprovecharse de él y cómo se distribuye la población a lo largo del tiempo.

Así lo demuestra un estudio publicado en Biología actual y firmado por un grupo de investigación internacional que trabajó entre Australia, Suecia, Reino Unido y Alemania. El trabajo es una colaboración entre la Universidad Griffith, la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas, la Sociedad Zoológica de Londres y el Instituto Max Planck para el Comportamiento Animal. El hecho que le da especial peso reside aquí: es el primera prueba recogida en la naturalezafuera del perímetro controlado del laboratorio, vinculando la exposición a residuos de cocaína con una alteración en el comportamiento del salmón salvaje.

Los investigadores siguieron a 105 salmones jóvenes durante ocho semanas.

Para entender qué sucede realmente dentro de un ecosistema natural, los investigadores eligieron el lago Vättern, en Suecia, y lo monitorearon durante ocho semanas. 105 jóvenes salmón del Atlántico. Utilizaron sistemas químicos de liberación lenta y un sistema de telemetría acústica, que les permite seguir los movimientos de los animales en el lago. Los peces se dividieron en tres grupos: uno de control, uno expuesto a cocaína y otro expuesto a benzoilecgoninaprincipal metabolito de la cocaína, es decir, la sustancia resultante de su degradación y que suele aparecer en las aguas residuales.

Todos los resultados avanzaron en la misma dirección. El salmón expuesto a la benzoilecgonina nadó hasta 1,9 veces más cada semana en comparación con los peces no expuestos, y se dispersaron hasta 12,3 kilómetros más en el lago. Con el paso de las semanas, esta diferencia se hizo más clara, una señal de que la exposición tuvo un impacto en la forma en que los animales usan el espacio y se mueven dentro de un entorno complejo, compuesto de limitaciones, recursos, depredadores y trayectorias en constante cambio.

El hecho más interesante se refiere a la sustancia que a menudo queda en un segundo plano. La benzoilecgonina mostró un efecto más marcado que la propia cocaína. Para quienes participan en riesgos medioambientales esta diferencia pesa mucho, porque las evaluaciones suelen centrarse en el compuesto principal, mientras que en los cursos de agua los metabolitos pueden ser más comunes, más persistentes y, aparentemente, también más influyentes a nivel biológico. Traducido: algunos de los efectos podrían pasarse por alto si se mira la sustancia equivocada o solo se mira esa.

Los residuos acaban en los ríos a través de las aguas residuales.

La parte espectacular de la noticia corre el riesgo de perder de vista el fondo. El tema no se refiere a la grotesca anécdota del pez «drogado». Se trata de la contaminación farmacéutica y química que llega a los cursos de agua a través de sistemas de tratamiento de aguas residuales incapaces de eliminar completamente estas moléculas. Los autores recuerdan que la cocaína y sus metabolitos se detectan cada vez más en ríos y lagos. A partir de ahí comienza una presión invisible sobre los animales acuáticos, que reciben dosis pequeñas, continuas y realistas en comparación con las que ya se encuentran en ambientes contaminados.

El investigador Marcus Michelangeli, implicado en el estudio, recordó este pasaje: el movimiento de los animales tiene un papel central en la relación con el medio ambiente. Cambiar de rumbo, cubrir más espacio, dispersar más significa afectar la nutrición, el riesgo de depredación y la estructura de la población. Los efectos a largo plazo aún no se han aclarado, pero la dirección del problema ya está clara. Cuando un contaminante altera los movimientos de una especie, la onda se propaga mucho más allá del animal individual.

También hay un punto que los autores querían dejar claro para evitar falsos alarmismos. Los resultados. El estudio involucró ejemplares jóvenes, por debajo de la talla legal de captura, y los propios investigadores explican que los niveles de exposición utilizados reflejan concentraciones ya observadas en aguas contaminadas, con compuestos que se degradan con el tiempo. En resumen, el problema radica en el equilibrio de los ambientes acuáticos, en la salud ecológica del lago y en los mecanismos por los cuales los desechos humanos reingresan a la vida silvestre.

A partir de aquí la cuestión se vuelve menos pintoresca y mucho más seria. Será necesario comprender qué tan extendido está el fenómeno, qué especies son más vulnerables y si este aumento de los movimientos se traduce en efectos concretos sobre la supervivencia y la reproducción. Por ahora, queda una imagen seca: agua dulce, salmones jóvenes, un lago enorme y una sustancia que viene del exterior y empuja a esos peces a llegar más lejos de lo habitual. El resto, como siempre, lo paga el ecosistema.

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