¡Árboles maravillosos! Su corteza también mejora la calidad del aire que respiramos.

Estamos acostumbrados a pensar en los árboles como grandes «pulmones verdes», útiles porque absorben dióxido de carbono a través de sus hojas. Eso es cierto, pero es sólo una parte de la historia. Hay algo mucho menos visible, y por eso mismo aún más interesante, que sucede a lo largo de los troncos. Allá corteza de arbolde hecho, no es una superficie inerte: es un mundo vivo, poblado por miles de millones de microorganismos que interactúan con el aire que respiramos.

Investigación de cinco años, realizada en el este de Australia y publicada en la revista Cienciademostró que los troncos pueden contribuir a calidad del aire mucho más directamente de lo que se pensaba anteriormente. No sólo absorbiendo gases, sino transformándolos químicamente gracias a comunidades microbianas que viven permanentemente en la corteza.

Los investigadores analizaron ocho especies de árboles comunes y las observaron en entornos muy diferentes: bosques montañosos, humedales de agua dulce y manglares costeros. Lo que ha surgido sorprende por las cifras, incluso antes que por los mecanismos. Cada metro cuadrado de corteza puede albergar hasta seis billones de microorganismos. Bacterias, sobre todo, que juntas forman un verdadero microbioma, distinto del del suelo o del agua.

El estudio fue dirigido por Bob Leung desde Universidad de Monash de Melbourne, que desde hace años trabaja en microorganismos capaces de sobrevivir utilizando cantidades mínimas de gases presentes en el aire. La corteza resultó ser el ambiente perfecto: estable, siempre expuesta a la atmósfera y atravesada por microvariaciones de humedad y oxígeno.

Al analizar el ADN de estos microbios, los investigadores han descubierto que muchos poseen los genes necesarios para «comer» gases como el hidrógeno y el monóxido de carbono. Pero la genética por sí sola no era suficiente: para entender si esos genes estaban realmente activos, se necesitaba evidencia experimental.

Cuando cambia el oxígeno, también cambia el papel del tronco.

En el laboratorio se aislaron porciones de corteza en pequeños recipientes que simulaban condiciones naturales. Con el aire normal, los microorganismos comenzaron a extraer gases de la atmósfera. Sin embargo, cuando se redujo o eliminó el oxígeno, el comportamiento se invirtió y los gases se liberaron.

Este paso es fundamental para comprender por qué la contribución de los árboles nunca es uniforme. Dentro de la corteza gruesa, el oxígeno puede disminuir rápidamente, especialmente cuando la humedad es alta. En esas condiciones los microbios cambian el metabolismo y pasan de la respiración aeróbica a la fermentación, produciendo también hidrógeno y metano. Por lo tanto, no hace falta mucho para que un tronco pase de ser un absorbente a una fuente.

En el exterior, sin embargo, las mediciones directas en los troncos cuentan una historia interesante. En diferentes ambientes, desde la costa hasta zonas del interior, la mayoría de los árboles mostraron una constante absorción de hidrógeno desde la superficie del tronco, en ambas estaciones analizadas. Una señal que indica cómo estos microorganismos son capaces de trabajar incluso cuando las concentraciones de gas en el interior del árbol son mucho mayores que en el aire circundante.

Porque esto también cuenta fuera de los bosques

Si nos fijamos en el árbol individual, el efecto parece mínimo. Pero si amplias la mirada, las dimensiones cambian. A nivel global, la superficie cubierta por troncos y tallos, lo que los científicos llaman caulosfera, supera los 140 millones de kilómetros cuadrados. A escalas similares, incluso los pequeños intercambios de gases se vuelven relevantes.

Luego hay otro aspecto que hace que este descubrimiento sea interesante también para la vida cotidiana. El hidrógeno y el monóxido de carbono compiten con el metano para reaccionar con el radical hidroxilo, una molécula que ayuda a “limpiar” la atmósfera. Reducir el hidrógeno y el monóxido de carbono significa dejar más espacio para este mecanismo natural de control del metano.

En el caso del monóxido de carbono, el vínculo con la salud es directo. Es un gas tóxico, producido en gran parte por el tráfico. Los microbios en la corteza tienen enzimas que pueden convertirla en dióxido de carbono antes de que escape al aire. En contextos urbanos, donde los árboles conviven con las carreteras y los coches, este proceso podría ofrecer un beneficio adicional, vinculado no sólo al verdor sino también a la química microscópica de los troncos.

No todos los ladridos hacen lo mismo

Las investigaciones también muestran que no existe una «corteza estándar». La estructura y composición química cambian de una especie a otra y esto influye en el tipo de microorganismos presentes. Algunos árboles de humedales, como las cortezas de papel australianas, albergan comunidades de ciclos de gas muy activas. Otros, como ciertos eucaliptos de zonas más secas, favorecen los microbios vinculados a los compuestos cerosos del tallo.

Esto significa que, en lo que respecta a los árboles y la calidad del aire, no basta con contar cuántas plantas hay. Importa qué son, dónde crecen y en qué condiciones viven. Un detalle que los modelos climáticos tradicionales suelen descuidar, al tratar los troncos como simples «tuberías» para el paso de gases.

En cambio, el estudio sugiere que la corteza es un lugar de transformación activa, capaz de cambiar la composición de los gases antes de que lleguen a la atmósfera. Para comprender realmente su impacto se necesitarán datos de otros países y climas, pero una cosa ya está clara: una parte importante de la relación entre los árboles y el aire limpio pasa por superficies que, hasta ayer, nadie miraba realmente.

Deja un comentario