Ambulancias que llegan con sirenas a todo volumen, voluntarios excavando entre los escombros, cuerpos alineados frente a un hospital destruido. En Kabul, un ataque aéreo alcanzó un centro de tratamiento de drogadiccióncausando cientos de víctimas. Un atentado que marca uno de los días más dramáticos de los últimos años y que vuelve a llevar a Afganistán a una espiral que parecía, al menos en parte, atrás.
Los rescatistas están revisando los escombros de un centro de rehabilitación de drogadictos en Kabul, donde funcionarios afganos dicen que un ataque paquistaní mató al menos a 400 personas. pic.twitter.com/SoTun5Zmh2
— Al Jazeera Inglés (@AJEnglish) 17 de marzo de 2026
Según las autoridades locales, las bombas habrían sido lanzadas desde Pakistán. Islamabad rechaza las acusaciones de atacar a civiles y afirma en cambio Atacar bases de grupos armados.. Pero las cifras siguen siendo inalcanzables: al menos 400 muertos (100 según la BBC) y 200 heridos, la mayoría personas que se encontraban en un centro sanitario.
Declaración de la Fundación Internacional de Derechos Humanos (IHRF)
La Fundación Internacional de Derechos Humanos condena enérgicamente el presunto bombardeo por parte de Pakistán de un hospital de rehabilitación en Kabul, Afganistán, que trata a drogadictos, un ataque que, según se informa, ha matado a un gran… pic.twitter.com/wbaM3Y2nvT
— Fundación Internacional de Derechos Humanos (@IHRF_English) 16 de marzo de 2026
La noche de los bombardeos
En los últimos meses, y en particular en las últimas semanas, se han intensificado los ataques aéreos paquistaníes en territorio afgano. Las explosiones afectaron no sólo a Kabul, sino también a provincias como Nangarhar, Paktika y Kandahar.
La respuesta del gobierno talibán no se hizo esperar: operaciones terrestres a lo largo de la frontera, ataques con drones y reclamaciones de posiciones militares capturadas. Ambas partes hablan de «represalias», en un juego de acusaciones mutuas que dificulta establecer un punto de partida claro.
El quid del terrorismo
En el centro del conflicto está, sobre todo, la Tehrik-e Taliban Pakistán (TTP), grupo armado responsable de numerosos ataques en territorio paquistaní. Islamabad acusa a Kabul de ofrecer refugio a sus combatientes y tolerar sus actividades.
El gobierno talibán lo niega, pero los vínculos entre los dos movimientos son conocidos: comparten raíces ideológicas, relaciones familiares y una historia común de lucha. Para los talibanes afganos, golpear duramente al TTP significaría correr el riesgo de fracturas internas en un equilibrio ya frágil.
Mientras tanto los ataques continúan. Entre ellos, un atentado suicida en una mezquita de Pakistán que causó decenas de víctimas y que Islamabad atribuye al TTP, a pesar de otras afirmaciones.
Una frontera que nunca se ha resuelto
La cuestión de la Línea Durand hace que la situación sea aún más inestable.la frontera trazada en la época colonial en 1893. Una línea que divide a las comunidades pastunes y que nunca ha sido plenamente reconocida por los talibanes.
No se trata sólo de una disputa geográfica: es una fractura política e identitaria que sigue alimentando la desconfianza. Incluso sin el TTP, muchos analistas creen que las tensiones entre Afganistán y Pakistán seguirían siendo altas por este motivo.
Guerra asimétrica
Militarmente, Pakistán tiene una clara superioridad: aviación, tecnología y capacidades operativas avanzadas. Afganistán, por otro lado, se está centrando en diferentes estrategias, heredadas de años de conflicto: guerra de guerrillas, movilidad y uso creciente de drones.
Estos últimos están cambiando la cara del conflicto. Baratos y difíciles de interceptar, permiten ataques selectivos incluso sin un gran aparato militar, lo que hace que el conflicto sea más impredecible.
Un efecto dominó regional
La escalada no concierne sólo a los dos países. Intereses más amplios se entrelazan en la región: la presencia de grupos como Isis-K y Al-Qaedalas preocupaciones de Estados Unidos sobre el terrorismo, el papel de China, cada vez más activa a nivel diplomático y de seguridad.
Un conflicto abierto correría el riesgo de reducir la presión sobre estos grupos armados, dándoles espacio para reorganizarse. Al mismo tiempo, podría desestabilizar aún más una zona ya marcada por múltiples crisis.
Las consecuencias sobre la población.
Los que pagan el precio más alto son, una vez más, los civiles. En Afganistán, donde la pobreza y el hambre son generalizados, la reanudación de los bombardeos también representa el fin de una frágil tregua: después de décadas de guerra, muchas familias habían dejado de temer los ataques aéreos.
La economía también está sintiendo la presión. El comercio entre ambos países lleva meses paralizado, con efectos directos sobre la disponibilidad de bienes esenciales, incluidos medicamentos.