Cuando pensamos en los efectos de la crisis climática sobre la salud, pensamos en olas de calor, dificultades respiratorias provocadas por la contaminación, enfermedades agravadas por las temperaturas extremas. Mucho más raramente pensamos en lo que sucede en nuestra mente.
Sin embargo, El entorno en el que vivimos también influye en nuestro equilibrio psicológico.el funcionamiento del cerebro y puede aumentar el riesgo de desarrollar trastornos mentales. No sólo cuando nos vemos involucrados en una inundación u otro evento catastrófico, sino también a través de exposiciones cotidianas, como el ruido del tráfico, el aire contaminado, el calor persistente y las condiciones estresantes relacionadas con la vida urbana.
Lo que llama la atención sobre esta relación es el primer informe de la Comisión de Salud Cerebral de la Tierrauna comisión internacional compuesta por más de 20 expertos, entre ellos Cornelius Gross, director del EMBL Roma, publicado en la revista científica Nature Mental Health.
El mensaje de los científicos es claro: . Según la Comisión, de hecho, los fenómenos climáticos extremos, la contaminación atmosférica y acústica, la pérdida de biodiversidad y las desigualdades sociales están asociados a un mayor riesgo de ansiedad, depresión, trastornos relacionados con acontecimientos traumáticos y deterioro cognitivo. El informe también sostiene que dentro de los próximos diez años no debería diseñarse ninguna intervención ambiental importante sin evaluar también las posibles consecuencias sobre la salud mental de las personas.
Cómo el medio ambiente puede afectar la salud mental
La relación entre medio ambiente y salud mental es mucho más compleja de lo que parece. No existe un único factor responsable, sino una combinación de exposiciones que pueden superponerse e influirse entre sí.
Pensemos, por ejemplo, en quienes viven en un barrio densamente urbanizado, atravesado por el tráfico, con pocos árboles y muy pocos espacios verdes. Durante el verano esa misma persona puede verse expuesta simultáneamente a altas temperaturas, ruido, contaminación del aire y condiciones de vivienda desfavorables.
Estos no son necesariamente riesgos aislados. Como destaca el informe, muchos factores ambientales se concentran en los mismos territorios y afectan a las mismas poblaciones, a través de mecanismos biológicos, psicológicos y sociales.
Los fenómenos meteorológicos extremos representan una de las manifestaciones más evidentes de esta relación. Las inundaciones y otros desastres pueden comprometer la seguridad de las personas, destruir hogares, perturbar la vida cotidiana y obligar a comunidades enteras a reubicarse. Las consecuencias materiales pueden ir acompañadas de psicológicas, con un mayor riesgo de ansiedad, depresión y trastornos vinculados a experiencias traumáticas.
Pero la contaminación del aire, el ruido y el estrés urbano también se encuentran entre las exposiciones consideradas por la Comisión. De manera similar, la pérdida de biodiversidad se reconoce como una de las transformaciones ambientales que pueden impactar el bienestar mental.
La cuestión también afecta a todas las edades. Las exposiciones ambientales pueden interactuar con la salud a lo largo de la vida, desde el desarrollo prenatal hasta la vejez, con posibles consecuencias diferentes según la etapa de desarrollo y las condiciones individuales.
Esto, sin embargo, señalan los autores, no significa que ya sea posible atribuir cada trastorno mental a una causa ambiental específica.
La salud mental debe entrar en las políticas climáticas
Según la Comisión de Salud Cerebral de la Tierra, también se espera que el bienestar psicológico se convierta en un indicador clave de las políticas climáticas y urbanas a partir de 2027.
El cambio ambiental no es sólo un problema ecológico o económico. Llega al cerebro, subraya Gunter Schumann, presidente de la Comisión.
El objetivo es permitir a los gobiernos evaluar, a través de datos científicos, los efectos de las intervenciones ambientales en la salud mental. Los niños, los adultos mayores, las personas con discapacidad y las comunidades económicamente desfavorecidas pueden estar más expuestos a riesgos y tener menos recursos para protegerse.
Las intervenciones ambientales también corren el riesgo de ampliar las desigualdades: los nuevos parques, árboles y programas contra el calor pueden beneficiar especialmente a los barrios más ricos, dejando atrás a quienes más los necesitan.
Por ello, la Comisión pide dar prioridad a las poblaciones más vulnerables, implicándolas directamente en las decisiones. También propone que al menos el 30% de la investigación recomendada sea dirigida por socios de países de ingresos bajos y medios y comunidades afectadas.
De la investigación a la acción: ocho compromisos para la próxima década
El informe identifica ocho áreas de intervención transformar el conocimiento científico en herramientas concretas de prevención. Entre las propuestas más significativas se encuentran:
Sobre este último punto, la Comisión propone la creación de un Fondo de Investigación Tierra-Cerebro-Salud y de un Observatorio Mundial, que entrará en funcionamiento en 2028. Las dos estructuras tendrían la tarea de coordinar estudios, seguir los avances y publicar cada año un informe sobre la aplicación de los compromisos.
Otra indicación particularmente concreta se refiere a los sistemas de alerta: hasta la fecha, las alertas por calor extremo o mala calidad del aire están diseñadas principalmente para prevenir daños físicos. Los científicos piden que también se vinculen con herramientas de prevención y apoyo a la salud mental, para ampliar la protección ofrecida a las poblaciones expuestas.
Según la Comisión, el problema no es tanto la falta de conocimiento científico sino su utilización. Ya disponemos de datos sobre el clima, la contaminación y la salud, pero a menudo se analizan por separado, lo que dificulta comprender cómo los diferentes factores ambientales afectan el bienestar mental.
Además, gran parte de la investigación proviene de países más ricos, mientras que muchas de las poblaciones más expuestas al cambio ambiental siguen estando subrepresentadas en los estudios.
Reducir la contaminación, combatir el calor extremo y hacer que las ciudades sean más verdes y habitables también significa invertir en la prevención de riesgos para la salud mental. El desafío será medir estos beneficios y garantizar que lleguen a todos, no sólo a quienes viven en las zonas más privilegiadas.
Porque una ciudad verdaderamente sostenible no es sólo aquella que contamina menos, sino también aquella en la que las personas pueden vivir mejor, física y mentalmente.