¿Cómo logró este barrio de Montevideo convertir un baldío abandonado en el parque más visitado de la zona?

Un rectángulo de tierra olvidado, cercado y polvoriento, se transformó en el corazón verde del barrio. Todo empezó con una pregunta sencilla y una decisión colectiva: “si nadie lo cuida, ¿por qué no lo cuidamos nosotros?”. Desde ahí, la historia se escribió con manos vecinas y objetivos claros.

El disparador: del abandono a la posibilidad

Durante años, el terreno acumuló escombros, maleza y miedo. Una tarde, un grupo de madres y jubilados se reunió en la plaza más próxima y dijo en voz alta lo que todos pensaban: “esto así no puede seguir”. La chispa encendió una conversación que se volvió proyecto.

Organización con método, no con milagros

Primero hubo mapas, luego hubo roles, y siempre hubo una lista corta de prioridades. “Lo urgente era limpiar, lo importante era sumar aliados”, recuerda Andrea, docente y vecina. Se formó una comisión abierta, con reuniones quincenales y actas públicas que cualquiera podía consultar.

Alianzas que abrieron puertas y presupuestos

La comisión tocó la puerta de la Intendencia y se presentó al Presupuesto Participativo con un plan claro. Llegaron fondos semilla, maquinaria para retirar residuos y asesoría técnica. Un comercio local donó bancos, una carpintería aportó pérgolas y una empresa de árboles nativos dio plantines con la condición de que los vecinos los regaran. “No queríamos un favor, queríamos un acuerdo”, subraya Mario, referente barrial.

Diseño con identidad, no copia de catálogo

El parque se pensó con sombras, caminos permeables y zonas de juego visibles para ganar seguridad. Un mural con la historia del barrio y nombres de antiguas compañías tranviarias le dio pertenencia. La cancha de básquet se trazó con pintura donada y el anfiteatro de madera nació de pallets recuperados, porque la estética también puede ser circular.

Trabajo en capas y celebraciones que suman manos

Los sábados de minga empezaban temprano, con mate y una planilla de tareas. Quien sabía de podas enseñaba a quien quería aprender; quien podía soldar arreglaba cercos; quien cocinaba llevaba tortas fritas para el final. “La fiesta no es el premio, es la herramienta que mantiene a la gente viniendo”, decía una pancarta hecha a mano.

Seguridad: cuando el uso espanta el miedo

Con el parque vivo, las noches cambiaron de cara. Las luces solares, la visibilidad de los senderos y la presencia constante de actividades redujeron vandalismos y ruidos. “Antes cruzábamos apurados; ahora paseamos sin reloj”, cuenta Elena, que camina con su nieto cada tarde.

Economía de barrio y circulación de oportunidades

El movimiento atrajo ferias, talleres y una pequeña biblioteca al aire libre. Los fines de semana aparecieron bicicletas de alquiler y puestos de jugos, todo con permisos rotativos para que la renta circule. El parque empezó a “contratar” a su comunidad: jardinería, sonido para eventos y clases de yoga dictadas por vecinos.

Gobernanza y mantenimiento, la parte menos glamorosa

Se definió un calendario de riego, un fondo común transparente y un protocolo mínimo para eventos. Cada trimestre, una asamblea abierta revisa cuentas, escucha propuestas y corrige derivas. “Si no lo organizas, se desgasta; si lo transparentas, se multiplica”, sintetiza Rafael, estudiante de arquitectura.

Impacto medible y orgullo que se contagia

En un año, el baldío se volvió el espacio más usado del barrio, según conteos simples y fotos de aforo. La escuela cercana organizó clases al aire libre, el club de abuelos lanzó un ciclo de cine y el centro de salud armó jornadas de vacunación bajo las pérgolas. El orgullo se nota en los detalles: menos basura, más cuidado, más “buenos días” entre desconocidos.

Lo que cualquiera puede replicar

  • Armar una comisión con rotación de tareas y actas públicas.
  • Diseñar metas escalonadas: limpiar, iluminar, plantar, programar.
  • Buscar fondos mixtos: municipal, donaciones, ferias y rifas barriales.
  • Hacer visible el proceso: carteles, redes, pizarras de avances y necesidades.
  • Convertir eventos en motores de mantenimiento: cada fiesta deja horas voluntarias.

Lecciones que quedan y pasos por dar

El éxito no fue una obra monumental, fue una suma de gestos sostenidos. La clave estuvo en escuchar a los usos reales, no a la maqueta perfecta, y aceptar que un parque cambia con las estaciones, como cambia la gente. Ahora planean cosecha de agua de lluvia, compostaje comunitario y más árboles nativos para reforzar la sombra de verano.

“Lo más lindo es ver que lo que antes evitábamos ahora nos convoca”, dice Valeria, con un termo bajo el brazo y una sonrisa amplia. En el banco de al lado, un niño cuenta los pasos desde el columpio hasta el mural y grita de alegría. Esa es la medida más simple, y tal vez la más justa, de todo lo que se hizo posible cuando el barrio decidió quedarse y construir en común.

Deja un comentario