Geólogos confirmaron que bajo el desierto de Atacama existe una reserva subterránea de agua dulce de hace 50 mil años

Un equipo de geocientíficos ha verificado la presencia de un acuífero antiguo y de agua dulce bajo el desierto más árido del mundo. La datación ubica el recurso en torno a los 50.000 años, un vestigio de climas pretéritos que sobrevivió a la extrema sequedad. “Es una memoria líquida del pasado”, resumió el equipo al presentar los resultados.

El hallazgo no significa una vía libre a la explotación, sino una invitación a repensar la relación con los acuíferos fósiles. “No se trata de abrir el grifo sin límites, sino de entender un sistema frágil”, advirtieron los investigadores tras la primera evaluación.

Una reserva escondida bajo la aridez

Bajo capas de sales y sedimentos antiguos, los mapas geofísicos revelaron un cuerpo de agua de baja salinidad, confinado por estratos de arcillas y evaporitas. Se localiza en cuencas endorreicas del norte de Chile, con especial señal en sectores de la Pampa del Tamarugal.

Las perforaciones piloto alcanzaron entre 200 y 700 metros de profundidad, confirmando la presencia de agua con conductividad moderada y trazadores químicos compatibles con recarga pretérita. “Lo que vemos es una huella del último gran pulso húmedo del Altiplano”, señaló el equipo en su informe.

Cómo se confirmó la antigüedad

La edad se determinó con una batería de técnicas: isótopos estables de hidrógeno y oxígeno, 14C disuelto en carbonatos y 36Cl en bajas concentraciones. La coherencia entre métodos apuntó a una recarga muy antigua, previa a las condiciones hiperáridas actuales.

La tomografía eléctrica y la magnetotelúrica delinearon un volumen saturado con alta resistividad, típico de agua dulce confinada. La gravimetría regional sugirió un paquete sedimentario espeso capaz de albergar decenas de kilómetros cúbicos, aunque el volumen explotable es menor por restricciones hidrogeológicas.

En laboratorio, la geoquímica mostró baja presencia de sulfatos y nitratos en comparación con aguas superficiales de salares, un indicio de escaso intercambio reciente. “Se comporta como un archivo cerrado del clima pleistoceno”, explicaron los autores del estudio.

Por qué importa para las comunidades y los ecosistemas

En una región con estrés hídrico crónico, la existencia de agua dulce fósil despierta expectativas y temores. Podría aliviar demandas puntuales de consumo humano y usos locales de alto valor social, pero no respalda expansiones intensivas de minería o agricultura de alto riego.

El recurso está aislado del ciclo moderno y su recarga es virtualmente nula, por lo que cualquier extracción implica agotamiento. Proteger los humedales altoandinos, los bofedales y los salares conectados indirectamente exige un marco de vigilancia y límites claros de caudal.

“Si algo aprendimos de otras cuencas áridas es que bombear más rápido que lo que el sistema puede soportar deja cicatrices irreversibles”, enfatizó el equipo en su recomendación.

Claves del estudio en una mirada

  • Antigüedad estimada de la reserva: ~50 mil años, con múltiples líneas de evidencia.
  • Calidad del agua: baja salinidad, apta para potabilización con tratamientos mínimos.
  • Geometría del sistema: acuífero confinado, protegido por capas arcillosas.
  • Riesgos: recarga prácticamente nula, alta sensibilidad a la sobreextracción.
  • Prioridades: usos esenciales, monitoreo continuo y gobernanza con participación local.

Un relato del clima pasado

El hallazgo encaja con periodos más húmedos del Pleistoceno tardío, cuando el Altiplano recibió mayores precipitaciones y glaciares andinos aportaron derretimiento estacional. Esas aguas infiltraron lentamente los abanicos aluviales y quedaron selladas por la aridez posterior.

Isótopos ligeros y relaciones iónicas sugieren temperaturas más bajas en la recarga, coherentes con un contexto glacial. Esta “cápsula del tiempo” ayuda a calibrar modelos de paleoclima y a refinar proyecciones de estrés hídrico futuro.

Límites y gobernanza responsable

La mera existencia del recurso no garantiza su viabilidad de uso a gran escala. Harán falta estudios hidrodinámicos de largo plazo, pruebas de bombeo con recuperación y redes de monitoreo piezométrico y químico.

Un plan adaptativo debe fijar umbrales de alerta, tasas máximas de extracción y zonas de exclusión para proteger funciones ecosistémicas. También se requiere participación efectiva de comunidades Aymara y Likanantay, con beneficios equitativos y respeto a sitios de valor cultural.

“Sin reglas claras, hasta la esperanza más pura se puede convertir en una trampa”, advirtieron los investigadores al delinear los siguientes pasos.

Qué viene ahora

El equipo propone una fase de muestreo densificado, integración de datos sísmicos someros y simulación numérica 3D para acotar volúmenes, conectividad y sensibilidad a la extracción. La transparencia de datos y su apertura pública será clave para evitar decisiones opacas.

Si se actúa con prudencia, esta reserva puede ser un seguro estratégico para emergencias y abastecimiento crítico, más que una nueva frontera de expansión. En un territorio moldeado por la escasez, reconocer el valor de un agua tan antigua exige ciencia, cuidado y humildad.

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