El amanecer en las alturas de Cajamarca huele a eucalipto y tierra húmeda. En el corral, una yegua mansa resopla mientras alguien ajusta un arreón con manos que ya conocen el frío. La doctora, con mochila ligera pero mirada firme, se calza las botas antes de encarar el primer sendero. “Hoy me esperan niños y abuelos que no pueden bajar,” murmura, y el día abre su camino.
Un recorrido que dibuja un mapa propio
Cada semana tiene su ritmo y su ruta. Lunes y jueves un valle, martes y viernes otro caserío, miércoles y sábado la zona más alejada. Son seis comunidades “a golpe de casco,” como dice ella con una sonrisa cansada. La yegua —bautizada Nieve— avanza entre quebradas y puentes, y el reloj se mide en pasos y respiros.
No hay carteles ni horarios fijos, pero sí una constancia que ya reconocen niños y mayores. “Si no llego por la mañana, llego por la tarde,” repite la médica, y esa promesa es un abrigo. En cada parada, una banca, una sombra, un puñado de historias que esperan examen, vacuna o escucha.
Salud que llega a puertas abiertas
El consultorio es donde la gente abre su casa y su silla. Controles prenatales, ajuste de medicamentos, curaciones simples, consejería para la lactancia. Con un maletín ordenado, la doctora toma la presión, revisa la glicemia, palpa abdomen y pregunta cómo duerme la ansiedad.
“Muchos no pueden pagar el pasaje ni caminar dos horas con los niños,” explica con voz suave. Por eso la visita es también un acto de respeto: la salud como derecho que cruza cerros. Una madre le dice: “Señorita, gracias por acordarse de mi niña”, y en el patio una gallina parpadea como si entendiera el gesto.
Lo que se carga en las alforjas
En la montura van objetos mínimos y esenciales. La planificación es un balance entre peso y urgencia. Ella lo enumera casi como una oración:
- Un tensiómetro, un oxímetro, un termómetro; vacunas en un cooler pequeño con hielo reutilizable; guantes, gasas, antibióticos básicos; ácido fólico, hierro; un estetoscopio fiel y un cuaderno para notas rápidas.
“Si falta algo, improvisamos con cuidado,” afirma, porque la creatividad también salva tiempos. En los bolsillos, tiras reactivas, dulces de emergencia y un número de WhatsApp que a veces suena y a veces calla.
Clima, caminos y un Estado que llega tarde
Las lluvias son torbellinos que deshacen planes y pasos firmes. Los huaicos cortan trochas, y los ríos vuelven la ruta un susurro peligroso. “He tenido miedo, claro que he tenido miedo,” confiesa, “pero si yo no voy, ¿quién llega?” El casco, la capa y la paciencia son equipo obligado, junto con la fe en un regreso.
La otra tormenta es burocrática. Formularios, faltantes de stock, permisos que no conocen el barro. Un pedido de vacunas puede tardar una semana, y el papel no escucha el latido. Ella anota, insiste, levanta el teléfono cuando hay señal y recuerda que la salud necesita menos sellos y más presencia.
Confianza y cultura que cobijan
Aquí la medicina viaja con palabras cercanas. La doctora saluda en quechua cajamarquino lo que sabe, y el resto lo suple con ternura. “No vengo a imponer, vengo a acompañar,” repite, y el gesto abre puertas que estaban cerradas. Con las parteras conversa, con los promotores coordina, con las familias acuerda horarios.
Una abuela dice: “Usted escucha y no critica,” y ese puente vale más que muchos fármacos. Entre remedios caseros y recetas modernas, se teje un acuerdo para cuidar sin culpa. La salud, aquí, camina con sandalias y con manos limpias.
Una tecnología pequeña, una red que sostiene
El teléfono es antiguo, pero resiste. Con poca señal, un audio de WhatsApp dicta un control, un mensaje confirma una próxima visita. Un cargador solar ahorra baterías, y un cuaderno respalda lo que la nube no guarda. “No es lo ideal, pero alcanza para avisar,” dice, mirando el cielo que a veces también sirve de mapa.
Los promotores comunitarios son su puente y su alarma temprana. Si un niño hace fiebre, si un abuelo pierde el aliento, el aviso corre más rápido que cualquier oficio. La red se teje con confianza y con nombres propios anotados en tinta azul.
Historias que justifican el trote
Don Eulogio volvió a sentir el pecho apretado una noche sin luna. Ella llegó al clarear, ajustó el tratamiento, hizo un electro portátil y coordinó el traslado con la posta en la ciudad. “Si esperaba, no la contaba,” dice él, sobrio, mientras acaricia a su perro viejo.
En otra casa, un parto se adelantó cuando la lluvia golpeaba los techos. Dos vecinas, una partera, la doctora y un balde con agua tibia bastaron para que un llanto estrenara la madrugada. “Respire conmigo,” pidió ella, y la madre la imitó como quien sigue una orquesta.
Un llamado que se oye en la sierra
La gente aplaude la entrega, pero la doctora prefiere hablar de derechos. “No soy heroína; soy trabajadora del Estado y mi deber es llegar,” dice, sin épica ni pose. Pide más postas, más insumos, más caminos seguros, más profesionales que conozcan la palabra paciencia.
“Que nadie elija entre comer y curarse,” agrega, y el eco suena serio en los cerros. Porque la salud no debe depender de una montura, de una espalda fuerte o de una sola voluntad. Debe ser política sostenida, presupuesto estable y cariño que no se cansa.
La yegua mueve las orejas; el sol asoma entre nubes claras. La doctora aprieta las cinchas, respira hondo y emprende otra cuesta con la calma de quien sabe que, al final del camino, la salud toca una puerta y pasa sin pedir permiso.