Un maestro jubilado de Bucaramanga abrió una biblioteca gratuita en su casa y ya la visitan cientos de niños

En una esquina tranquila de Bucaramanga, un maestro jubilado convirtió su sala en un espacio vivo de lectura. Desde temprano, los pasos menudos de los niños rompen el silencio del barrio y abren la puerta a una aventura sin costo. La casa, marcada por un letrero pintado a mano, ofrece un refugio luminoso donde los libros dejan de ser objetos lejanos y se vuelven compañeros de juego.

La idea parecía simple, pero el impacto ha sido enorme. Con paciencia de artesano, el profesor ordenó estanterías, clasificó cuentos y escribió dedicatorias cálidas en cada lomo. Hoy, la casa respira como una pequeña biblioteca, adornada con dibujos infantiles y frases que invitan a imaginar.

Un salón que se volvió refugio

Los sofás se desplazaron, las paredes se cubrieron de estantes, y la ventana ahora enmarca a niños que leen sin prisa. “En esta casa no se saca nota, solo se saca tiempo para leer”, dice el maestro, con una sonrisa ancha. En cada rincón hay una invitación: desde álbumes ilustrados hasta novelas breves, pasando por historietas que compiten con el brillo de los celulares.

La mesa del comedor se transformó en mesa de descubrimientos, con lupas, recortes y mapas para que la imaginación encuentre rutas. “Aquí nadie viene obligado, aquí venimos a encontrarnos”, repite, mientras acomoda un cochecito de madera junto a una pila de cuentos.

Una rutina que contagia

Todos los días, a las cuatro de la tarde, empieza un ritual sencillo: se abre la puerta, se saluda por el nombre, se elige un libro y se busca una esquina favorita. Los más pequeños practican la lectura en voz alta, los mayores recomiendan títulos con una pasión contagiosa.

“Lo que más me gusta es que el profe nos escucha de verdad”, dice Valentina, de nueve años, mientras acaricia una portada azul. Su madre, que la acompaña, añade: “Nunca había visto a tantos niños leer con tanta alegría y tan poco ruido de pantallas”.

Más que libros: comunidad

El maestro no solo presta títulos; siembra hábitos y cuida el vínculo. Hay un rincón para escribir cartas, otro para inventar títeres con calcetines y uno más para leer en parejas. De vez en cuando, alguna abuela del barrio se sienta a contar historias que no están en los libros, pero quedan grabadas con tinta indeleble en la memoria de los niños.

  • Club de lectura de los miércoles, con una “palabra tesoro” por semana, que todos intentan usar en sus cuentos.

Una adolescente que llegó buscando silencio encontró una red de apoyo. “Aquí aprendí a leer en voz alta sin vergüenza”, confiesa. Un papá, sorprendido, admite: “Mi hijo dejó el videojuego una hora y pidió volver mañana”. Así, el vecindario se va reconociendo en un proyecto que lo mejora.

El arte de elegir el libro justo

El anfitrión hace preguntas simples para orientar sin imponer: “¿Qué te hizo reír la última vez?, ¿qué te da curiosidad ahora mismo?”. Con esas pistas, sugiere lecturas que desafían sin abrumar. A veces propone un trato: “Tú eliges uno, yo elijo otro; luego me cuentas cuál te movió más y por qué”. Esa conversación, pequeña y afectuosa, se vuelve el motor del hábito.

“Leer no es una carrera, es un paseo con paradas bellas”, repite, mientras devuelve a su sitio un libro manoseado con la frescura de lo querido. La norma es una sola: cuidar para que otros puedan disfrutar.

Puentes contra la brecha

En un barrio donde los datos móviles se consumen rápido y el ruido distrae sin pedir permiso, la casabiblioteca ofrece una pausa real. A falta de dispositivos, la lectura se convierte en un territorio común. “Aquí entendí que los libros son más fuertes que el aburrimiento”, suelta un niño, con honestidad radiante.

El maestro también imprime pequeñas guías, con juegos y preguntas para que en casa el libro siga vivo. No hay multas, hay recordatorios amables. No hay exámenes, hay conversaciones que empiezan y vuelven después.

Donaciones, reglas claras y cuidado

Todo funciona con donaciones discretas y mucha voluntad vecinal. Quien puede, trae un cuento, un cómic o un diccionario en buen estado. Quien no, deja un dibujo o una frase para la pared de los “lectores valientes”.

Las reglas caben en una tarjeta: manos limpias, voz baja, devolución puntual y una recomendación para el siguiente lector. “Cada niño se vuelve guardián de lo que ama”, explica el maestro, convencido de que la propiedad es menos fuerte que el cuidado.

Semillas para mañana

El plan es seguir creciendo, sin perder la intimidad que lo hace especial. Pronto habrá tardes de poesía con micrófono abierto, trueque de cuentos repetidos y pequeños talleres para crear revistas caseras. “Mi sueño es que un día un niño de aquí abra su propia biblioteca”, dice, mirando a la puerta que nunca se queda quieta.

Los niños se despiden chocando palmas, prometiendo volver con un amigo y con un nuevo relato. La luz cae y la sala vuelve a ser hogar, pero los libros, alineados como vecinos en la acera, parecen esperar otro día de pasos ligeros. Porque, a veces, lo extraordinario ocurre en una sala común, cuando alguien decide abrirla de par en par y compartir lo que más quiere.

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