En una época en la que la sostenibilidad se reduce a menudo a eslóganes, hay quienes han optado por ensuciarse las manos. Literalmente.
En la Reserva de San Massimo, en el corazón del Parque Lombardo del Valle del Tesino, se han plantado más de 6.000 árboles, entre robles, alisos y álamos. Una intervención que supone aproximadamente 600 hectáreas de superficies marginales, antes incultas, ahora destinadas a transformarse progresivamente en nuevas zonas boscosas.
El proyecto se completó el Día de la Tierra y tiene como objetivo lograr resultados concretos: más absorción de CO2, mayor biodiversidad, suelos más resilientes y nuevos hábitats naturales.
La reconstrucción de un ecosistema
Cuando se trata de plantar, el riesgo de un lavado verde está a la vuelta de la esquina: cifras altisonantes, fotografías de celebración y poca sustancia, pero en este caso el contexto importa.
La Reserva de San Massimo es una zona ya reconocida como Lugar de Interés Comunitario, donde la agricultura y la protección del medio ambiente conviven desde hace años. La finca, gestionada por la familia Antonello desde los años 90, aplica un modelo de agricultura biointegrada y ha hecho del Arroz Carnaroli Clásico su producto estrella.
No cualquier Carnaroli: la Reserva cultiva la variedad original, la seleccionada en los años 40 y progresivamente abandonada por la industria del arroz en favor de híbridos más productivos pero menos valiosos. Aquí todavía se siembra a mano en algunos casos, se riega con agua de manantial, se fertiliza con sustancias naturales y se deja madurar según los tiempos de la planta, no los del mercado. El resultado es un arroz con una resistencia a la cocción y un perfil aromático que muchos chefs consideran simplemente inalcanzable con otras variedades. No es casualidad que acabara en los menús de algunas de las cocinas más atentas de Italia, y eso explica por qué tantos de esos chefs estaban allí ese día, con las manos en la tierra.
Insertar nuevos bosques en un paisaje agrícola de este tipo supone crear corredores ecológicos, mejorar la calidad del suelo y ofrecer refugio a aves, insectos polinizadores y pequeños mamíferos.
El “Bosque de los Chefs”: cuando el catering sale de la cocina
En la jornada de plantación participaron una veintena de chefs italianos reunidos en el proyecto «Bosco degli Chef». No fue un simple paseo: los participantes contribuyeron directamente a la plantación de los árboles.
Entre ellos Diego Rossi (Trippa), Cesare Battisti (Ratanà) y Roberto Cerea (Da Vittorio). También están presentes Enrico Gerli (I Castagni), Raffaele Lenzi (Il Sereno al Lago), Alessio Manzoni (Ferdy Wild), Alessandro Menoncin (Acqua), Christian Milone (Trattoria Zappatori), Fabio Silva (Derby Grill), Francesca Beltrami (La Zucca), Vincenzo Butticè (Il Moro), Tina Cosenza (Teresa desde 1968), Cinzia De Lauri y Sara Nicolosi (Al Tatto), Damiano Dorati (Hosteria La Cave Cantù), Fabrizio Ferrari (La Contrada dei Gatti), Paolo Guarneri (Al Caminetto), Mattia Monzio Compagnoni (Tipico), Guido Paternollo (Pellico 3), Matteo Piccioni (Borgo San Giovanni), Alessandro Proietti Refrigeri (La Coldana), Andrea Rota (Bolle) y Fabio Giacopelli (ALMA).
El objetivo declarado es crear un vínculo permanente entre los restauradores y el ámbito agrícola que suministra gran parte de su materia prima. A lo largo del año se irán incorporando más profesionales.
Plantar árboles no es suficiente, pero es muy útil
Dejemos que quede claro: ningún bosque puede por sí solo borrar el impacto climático de la restauración. Las emisiones se reducen reduciendo los residuos, el consumo de energía, los envases inútiles y favoreciendo las cadenas de suministro locales y estacionales.
Pero la reforestación de tierras degradadas sigue siendo una de las acciones más inteligentes que se pueden realizar, especialmente si se incluye en un proyecto serio de gestión ambiental.
Porque un árbol no es un atajo ecológico, sino una inversión lenta, que tarda años en proporcionar el máximo beneficio.
El verdadero desafío comienza ahora
Plantar 6.000 árboles es la parte más visible del proyecto, la más fotografiable, pero no la más difícil.
El verdadero juego se jugará en los próximos años: en el cuidado de las plantas jóvenes, en la capacidad del bosque para echar raíces, en la fauna que volverá a habitarlo, en el equilibrio entre la producción agrícola y la naturaleza salvaje. Un bosque no nace el día que se inaugura, sino cuando logra vivir sin necesidad de que se lo digan. Si eso sucede, estos 6.000 árboles valdrán mucho más que su número. Se convertirán en una prueba concreta de que regenerar un territorio no es un gesto simbólico, sino una elección que continúa en el tiempo.
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