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Endulzados: alimentos sin azúcar pero con riesgos

No hay nada intrínsecamente saludable en consumir bebidas o alimentos edulcorados. Más bien, lo contrario.

10 de abril de 19 . 14:54hs
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Manuel Torino

La carne, el fútbol… y la gaseosa.

Las bebidas edulcoradas forman parte de las costumbres argentinas. Hasta puede decirse que somos una potencia mundial en el asunto.

Las cifras no dejan exagerar: la Argentina es uno de los países a nivel mundial con mayor consumo de gaseosas y bebidas azucaradas, con un promedio de 137 litros por persona por año. Algo así como dos vasos diarios per cápita.

“El consumo de bebidas edulcoradas con azúcar se viene incrementando de manera sostenida y nuestro país constituye uno de los principales consumidores a nivel mundial, con un aporte de 13 kg de azúcar por persona por año”, precisan desde la Subsecretaría de Bienestar Ciudadano del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Los argentinos consumen dos vasos de gaseosa por día, en promedio.

En la mesa de los argentinos el consumo de gaseosas y jugos azucarados se incrementó un 70% en los últimos 20 años, según un estudio del Cesni de 2016. ¿Con qué coincide este nuevo hábito alimenticio? Con un constante aumento del sobrepeso: según los más recientes datos del Ministerio de Salud de la Nación , el 30% de los niños y niñas de edad escolar (de 13 a 15 años) tiene sobrepeso y el 6%, obesidad.

El augue de los alimentos edulcorados coincide con el aumento de la obesidad

Si bien está claro que no es al único factor –la comida chatarra y el sedentarismo también están en la mira–, la relación es tan evidente como preocupante. De hecho, en el mismo informe se afirma que el 50% de los niños consume dos o más bebidas azucaradas por día y que sólo un 17,6% consume cinco porciones diarias de frutas y verduras.

La era libre de azúcar

Rendidos ante la evidencia, los primeros en tomar cartas en el asunto fueron los propios fabricantes de gaseosas, al reemplazar paulatinamente sus clásicas bebidas azucaradas por opciones ‘light’ o bien bajas en calorías.

Coca Cola, por tomar el caso del mayor productor mundial, ya empezó su era “sin azúcar”: la multinacional declaró que apunta a que el 50% de sus ingresos totales para 2020 provengan de productos libres de azúcar.

En esa línea, durante la última década la industria concentró parte de sus esfuerzos publicitarios en difundir las supuestas ventajas de consumir refrescos en los que se sustituye el azúcar por edulcorantes acalóricos.

Los edulcorantes artificiales se utilizan en cada vez más alimentos.

Sin embargo, diversos especialistas señalan que en realidad no existe una bondad implícita en estos productos, ya que su rasgo más destacado es la ausencia de azúcares. Es decir, las bebidas light no son intrínsecamente saludables.

“Por más que las gaseosas no tengan azúcar, sigue habiendo un problema con la edulcoración”, sostiene Julio Montero, médico nutricionista y presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios. Y agrega, en diálogo con ACONCAGUA: “Hay que desterrar la idea de que el único efecto de los edulcorantes es el dulzor”.

De hecho, cada vez son más los estudios científicos que ponen bajo la lupa a los productos edulcorados y sus efectos en la salud.

Una investigación en Estados Unidos halló que las bebidas artificialmente endulzadas pueden aumentar la probabilidad de que una persona sufra un accidente cerebrovascular (ACV) y hasta demencia.

El estudio publicado en la revista American Heart Association Journal Stroke demostró que una dieta diaria de gaseosa pone a una persona en una situación de tres veces más riesgo de sufrir demencia y ACV en comparación con alguien que bebe menos de una por semana.

Según otro trabajo que analiza los efectos de los edulcorantes, un consumo excesivo de productos endulzados podría tener consecuencias negativas para el corazón.

En este estudio, investigadores norteamericanos examinaron la asociación entre las bebidas sin azúcar, las enfermedades coronarias y los derrames cerebrales en un grupo de 82.000 mujeres de entre 50 a 79 años.

Tras un seguimiento de 12 años, los resultados mostraron que, aunque solo el 5,1% de las participantes bebía dos o más bebidas edulcoradas al día, ese grupo tenía un riesgo 23% mayor de accidente cerebrovascular y un 29% más alto de enfermedad cardíaca que el de las mujeres que rara vez o nunca tomaban bebidas dietéticas.

La Argentina es el segundo país con mayor obesidad infantil de América Latina.

Pero no es el único indicador que enciende una luz de alerta sobre el uso y abuso de los edulcorantes.

En 2013, por ejemplo, un grupo de investigadores de la Universidad de Purdue, en Estados Unidos, afirmó en un artículo que las personas que sustituyen el azúcar con edulcorantes como la sucralosa y la sacarina, ambos comúnmente utilizados en los productos denominados ‘light’ , “tienen un mayor riesgo de aumento de peso, desarrollo diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares”.

Según otra interesante hipótesis, la cuestión podría pasar por las tripas: un estudio publicado en la revista Nature vincula el consumo de edulcorantes artificiales con el desarrollo de la intolerancia a la glucosa a través de la inducción de alteraciones de la microbiota intestinal.

[Leé más: Por qué el intestino es nuestro “segundo cerebro”]

“Se sabe que los edulcorantes pueden producir algunos efectos a nivel metabólico porque alteran la microbiota del intestino y estimulan algo de secreción de insulina”, confirma el nutricionista Pablo Zumaquero en diálogo con EL PAÍS.

¿Dulce o treta?

Sin embargo, según los especialistas consultados, los edulcorantes están lejos de ser un veneno. De hecho, son seguros y están permitidos. El problema es que son engañosos para el cerebro: su dulzor es tan intenso que genera que el cerebro no reconozca como dulces a los alimentos naturales, como las frutas.

“Los edulcorantes son poderosos modificadores de la sensorialidad. Todos los seres vivos tenemos un radar sensorial que nos permiten orientarnos. Cuando una brújula es puesta en un campo magnético, deja de apuntar en la dirección correcta. Algo similar pasa con la edulcoración en nuestro organismo”, ejemplifica Montero.

Y agrega: “Cuando se acostumbra a una dieta edulcorada continua, el piso del dulzor se eleva y algunos alimentos pasan a ser percibidos como insípidos. Así la fruta, por ejemplo, pierde valor gratificante contra un producto edulcorado. Es una competencia algo desleal”.

Las frutas pierden terreno frente a los productos endulzados.

Así las cosas, el avance de los edulcorantes tienen un impacto directo en nuestra dieta, especialmente tratándose de productos de consumo masivo que alcanzan a casi todos los hogares.

“Consumir gaseosas en los años ochenta no era algo que se podía hacer habitualmente, excepto las familias con mucho poder adquisitivo. En la sociedad argentina la industria ingresó fuerte en los noventa y empezó a permear en todas las capas en los últimos años. Es un fenómeno que se vive en toda la región. Ingresan productos en la dieta y salen alimentos”, aporta desde su libro Mal Comidos, Soledad Barruti, periodista especializada en investigar la industria alimenticia.

Al respecto, los hábitos alimenticios –y sus consecuencias– pueden analizarse también desde una perspectiva socioeconómica. Según un estudio de la Fundación Interamericana del Corazón Argentina (FIC) junto a UNICEF, los adolescentes de nivel socioeconómico más bajo tienen un 31% más de probabilidades de sobrepeso respecto a los de nivel más alto.

Cuestión de peso

A pesar de las críticas hacia los productos edulcorados, los principales fabricantes de la industria aseguran que los estudios sobre el efecto negativo de estos alimentos no son concluyentes y que sus productos son perfectamente saludables.

Así lo ven en la American Beverage Association, la cámara de fabricantes de bebidas de los Estados Unidos, por ejemplo: “Los edulcorantes bajos en calorías son algunos de los ingredientes más estudiados y revisados en el suministro de alimentos de hoy”, sostuvieron en un comunicado. Y agregaron: “Son seguros y una herramienta eficaz para la pérdida de peso y control de peso, de acuerdo con décadas de investigación científica y las agencias reguladoras en todo el mundo”.

Los edulcorantes artificiales son seguros de acuerdo a la investigación científica

Por su parte, desde la SAOTA insisten en señalar que la explosión de las dietas endulzadas coincide con la explosión de la obesidad. Aunque reconocen que todavía falta un largo recorrido para que los estudios científicos determinen con exactitud el efecto metabólico de los edulcorantes.

¿Qué hacer mientras tanto? ¿Con qué se pueden endulzar entonces los alimentos ? “Con nada”, responde Montero. Y concluye: “Desde el punto de vista nutricional, los seres vivos no tienen una necesidad de la edulcoración. La naturaleza puso el dulzor justo”.

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