Un pueblo de Cundinamarca recuperó su antiguo tren turístico y ya recibe más visitantes que nunca

Las calles empedradas de Nemocón volvieron a vibrar con el ritmo del ferrocarril. El silbato que muchos creían silenciado retumbó de nuevo en los cerros, y un río de visitantes llegó con cámaras, mochilas y una curiosidad renovada. Después de años de espera, el convoy turístico volvió a rodar y el pueblo encontró una energía que parecía perdida.

El primer fin de semana de operación fue un símbolo. Familias enteras se formaron en la estación, ancianos señalaron los rieles con orgullo, niños saludaron al maquinista como si saludaran a una leyenda. “Recuperamos algo más que hierro y madera: recuperamos el tiempo”, dijo don Efraín, jubilado ferroviario, con los ojos humedecidos de memoria.

Un silbato que vuelve a sonar

La iniciativa fue una apuesta ciudadana que se consolidó con apoyo municipal y alianzas privadas. La vieja locomotora diésel fue restaurada pieza por pieza, los coches de pasajeros recibieron asientos nuevos y ventanas pulidas que ahora enmarcan, como cuadros móviles, el paisaje de la sabana. “La comunidad no solo dio ideas, también aportó herramientas, tiempo y manos”, afirmó la alcaldesa, Lucía Rojas, durante la primera salida.

El recorrido conecta la estación de Nemocón con paradas en veredas cercanas y la ruta hacia Zipaquirá, hilando salinas, cultivos y casonas antiguas en un itinerario que invita a bajar el ritmo. Los vagones llevan música andina, café recién colado y un murmullo de relatos contados por guías que nacieron al costado de la vía.

Memoria sobre rieles

El tren no es solo transporte: es una cápsula de memoria. Cada banco conserva pequeñas placas que narran historias de maestros, carboneros y comerciantes que dependían del ferrocarril para vender, aprender y celebrar. “Cuando el tren dejó de pasar, se fue también una parte de nuestra voz”, explica Rosa Elvira, panadera de tercera generación, mientras ofrece almojábanas todavía tibias.

Esa memoria ahora se renueva con visitantes de Bogotá, Medellín y del exterior, atraídos por la promesa de un viaje lento y fotogénico. Según la Secretaría de Turismo, los ingresos por servicios han crecido un 48% en tres meses, y la ocupación hotelera subió a niveles que el pueblo no veía desde hace décadas.

Un impulso económico tangible

En la plaza principal, nuevos emprendimientos brotan como flores después de la lluvia. Aparecieron talleres de bicicletas, puestos de artesanías en fique, rutas de café de origen y catas de sal en antiguas bodegas ferroviarias reconvertidas en espacios culturales. “El tren trajo visitantes, pero también trajo ideas”, dice Andrés, joven cervecero, que diseñó una IPA inspirada en el olor del metal caliente y la madera de los durmientes.

Los precios se han mantenido justos, con acuerdos para no espantar a los locales ni a los viajeros de presupuesto limitado. La administración capacitó a vendedores en atención al cliente, manejo de residuos y rutas seguras, mientras la Policía de turismo acompaña los fines de semana de mayor flujo.

Cómo se vive el viaje

El convoy arranca a media mañana, con un rugido suave que pone a temblar los vidrios de la estación. Dentro, la iluminación cálida y el sonido de los rieles hipnotizan. En los primeros kilómetros, el tren atraviesa campos de flores, invernaderos y pequeñas huertas de maíz y papa. Más adelante, los cerros se cierran y el paisaje se vuelve más íntimo, con quebradas que corren paralelas como cintas de plata.

Durante el trayecto, los guías cuentan anécdotas de maquinistas, amores de estación y escapadas de músicos que grabaron en coches adaptados como estudios improvisados. Los niños reciben mapas ilustrados con sellos que pueden coleccionar, y los fotógrafos encuentran ángulos de luces y sombras que cambian con cada curva del tren.

Consejos prácticos para el viajero

  • Compra los boletos con anticipación, llega 30 minutos antes de la salida, lleva abrigo ligero y calzado cómodo; pregunta por el vagón de historia para escuchar el relato completo y reserva almuerzo en la estación si planeas recorrer la mina de sal al terminar el viaje.

Voces de andén

“Lo que parecía un proyecto nostálgico terminó siendo una palanca de futuro,” afirma la alcaldesa, quien insiste en que el tren debe ser sostenible. La locomotora utiliza diésel de baja emisión, y el municipio promueve la gestión de residuos entre operadores y visitantes. “No queremos un turismo de paso, sino un turismo consciente,” subraya.

Para los vecinos, la sensación es de pertenencia. “Volvió el sonido que nos reúne,” dice don Efraín, mientras observa cómo un grupo de escolares se despide agitando pañuelos. En las ventanillas, manos pequeñas marcan corazones de vaho y se prometen regresar con más familia.

Lo que viene

El plan a corto plazo incluye ampliar frecuencias los fines de semana, sumar un vagón gastronómico con recetas tradicionales y lanzar una ruta nocturna de astronomía con guías de cielo oscuro. También se estudia una alianza con artesanos para crear un mercado ferroviario mensual en el antiguo depósito, hoy convertido en sala de exposiciones y música.

Mientras tanto, el pueblo sigue afinando su hospitalidad. Hay nuevas señalizaciones, más bancas en la plaza, iluminación en senderos y un calendario de eventos que enlaza festivales de sal, ferias agrícolas y talleres de fotografía en el andén. El silbato sonará dos veces, el tren partirá puntual y, con cada viaje, el pueblo confirmará que su mejor mirada hacia adelante viaja sobre rieles de ayer.

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