ʼNo volvería atrás por nadaʼ: llevan dos años viviendo en una casa rodante por el sur de Chile y gastan menos que en alquiler

El viento del sur golpea la carrocería, y adentro el olor a café despierta la mañana.
Hace dos años, Camila y Andrés cambiaron llaves por ruedas, y desde entonces sus días transcurren entre bosques templados, fiordos azules y una sensación de ligereza difícil de explicar.
Dicen que la vida se volvió más simple, que el dinero alcanza mejor, y que la libertad tiene el tamaño de una ruta extendida hacia el horizonte.

Quiénes son y cómo empezó

Camila es diseñadora gráfica y Andrés es fotógrafo, ambos con trabajos remotos y cierta ansiedad de ciudad.
En 2022 compraron una van usada, la reacondicionaron con estufa a leña, paneles solares, cama modular y una pequeña cocina, y partieron sin un plan rígido, solo un rumbo: la Carretera Austral.

“Queríamos probar si lo mínimo podía ser suficiente”, cuenta Camila, mientras ordena frascos de legumbres en un cajón magnético.
Andrés agrega: “Nos asustaba el clima, pero nos atraía la idea de vivir más cerca de lo que realmente importa”.

El presupuesto frente al arriendo

Antes pagaban un arriendo en Valdivia de unos 520.000 pesos, más gastos de edificio, servicios y transporte.
Hoy, su costo mensual ronda entre 300.000 y 420.000 pesos, variando según temporada y ruta.

  • Combustible: 160.000–240.000 pesos, según distancia y precio de zona.
  • Alimentación: 120.000–160.000 pesos, comprando en ferias y cocinando en casa.
  • Estadías/campings: 0–60.000 pesos, alternando sitios gratuitos y pagos económicos.
  • Mantención/seguros: 40.000–70.000 pesos, prorrateados por mes.

“Gastamos menos que en un departamento, y lo que ahorramos se va en experiencias”, dice Andrés, mostrando una libreta con mapas dibujados a mano.
“Hay meses en que paramos más tiempo y el gasto baja muchísimo”, añade Camila, con una sonrisa tranquila.

Trabajo y rutina en movimiento

Para sostener la ruta, dependen de internet móvil y de una antena externa que capta señal en zonas alejadas.
Se organizan por bloques: mañanas de edición, tardes de caminata o traslado corto, noches de lectura con luz cálida.

“Aprendimos a respetar el clima como si fuera un jefe”, bromea Camila, aludiendo a días de lluvia en Aysén que obligan a cambiar la agenda.
Cuando el sol acompaña, montan una mesa plegable bajo un coihue y el trabajo sale con otra calma, otro ritmo.

Desafíos del sur y cómo los enfrentan

El agua es un tema central: cargan bidones en postas, vertientes seguras y campings con buenas prácticas.
La lluvia intensa exige buena ventilación, tratamiento antihumedad y ropa de lana que seca más rápido.

El frío del invierno puso a prueba la estufa y el aislamiento de lana mineral, además de una cortina térmica que separa la cabina.
Cada dos semanas revisan sellos de goteras, presión de neumáticos y filtros, porque la mantención preventiva ahorra dolores de cabeza.

“Nos equivocamos en la primera rutina de consumo eléctrico y nos quedamos sin batería un par de veces”, admite Andrés, riéndose del susto inicial.
“Ahora medimos cada carga, y entendimos que menos luces y más fuego hacen la noche más bonita”, suma Camila, con una mirada cómplice.

Lugares, ritmos y detenciones largas

En Chiloé aprendieron a esperar mareas, en Futaleufú perdieron la noción del reloj viendo el río verde, y en Puyuhuapi cocinaron pan al sartén durante un aguacero épico.
A veces pasan diez días en el mismo claro, porque el cuerpo pide pausa y el trabajo necesita estabilidad.

Les atraen los estacionamientos municipales, termas rústicas con olor a coigüe, y miradores donde la noche es una cúpula de estrellas.
“Cuando todo se oscurece, la van se vuelve nuestro refugio, y las historias salen como si alguien las soplara en el oído”, dice Camila, con tono suave.

Comunidad, seguridad y vínculos

Han tejido una red de otras vans, artesanos de madera, pescadores que regalan consejos y carabineros que indican rutas seguras.
“Ser amables abre puertas, y llegar temprano a los sitios ayuda a observar el entorno”, explica Andrés, repasando su mapa de pines.

Evitan zonas con demasiada exposición, prefieren pernoctar cerca de familias o estaciones de servicio bien iluminadas, y comunican su ubicación a conocidos.
“Hay un código no escrito: dejar los lugares más limpios y saludar con calidez”, añade Camila, destacando esa ética de paso.

Lo que aprendieron y lo que viene

Del minimalismo les quedó la idea de que lo útil cabe en dos cajones, y que la memoria necesita menos cosas y más paisajes.
“Ya no corro detrás del tiempo, lo acompaño como si fuera un vecino amable”, dice Andrés, con un gesto de paz.

Hablan de seguir bajando hacia Magallanes, de cruzar en ferry cuando el viento lo permita, y de sumar una segunda batería para inviernos más largos.
“Si me preguntas si me arrepiento, te digo que ni un segundo”, confiesa Camila, mirando la lluvia que perló la ventana como un collar.

Mientras la ruta se estira como una promesa, saben que la casa ahora tiene ruedas y que el sentido de “llegar” cambió de forma.
Pagan menos que un arriendo, duermen mejor que en un escritorio, y han encontrado una quietud móvil que se parece mucho a la libertad.

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