Una pareja chilena lleva 10 años viviendo sin internet en casa: leen libros físicos y ahorran cerca de 800 mil pesos al año

En tiempos de pantallas encendidas todo el día, esta pareja decidió levantar una frontera nítida: puertas adentro, no hay Wi‑Fi ni navegación infinita. Suena la pava, cruje una página, y el departamento en Ñuñoa se llena de un silencio que eligieron hace una década, cuando convirtieron su living en una pequeña biblioteca cotidiana.

“En casa no trabajamos ni navegamos, en casa leemos y conversamos”, dice Marcela, 35, mientras acomoda un montón de libros subrayados. Diego, 37, completa: “La conexión vuelve cuando salimos, pero aquí buscamos descanso y foco pleno”.

Diez años de una decisión simple y radical

Todo empezó como un experimento: una mudanza, muchas cajas y la idea de postergar la instalación del router. Pasaron dos semanas y notaron un cambio. Planeaban las tardes, caminaban más al parque, dormían mejor. “Nos dijimos: probemos otro mes”, recuerda Diego. Y quedó para siempre.

No renunciaron a la tecnología de forma absoluta. Tienen planes de datos móviles pequeños para emergencias y uso fuera de casa. Pero al cruzar la puerta, los teléfonos quedan en un cajón de madera con una campanita mínima que suena al dejarlos, como un gesto de ritual.

El ahorro que no llega en una boleta

Según sus cuentas, dejar fuera el internet hogar y las plataformas de streaming les significa un ahorro cercano a los 800 mil pesos al año. “No es magia, es sumar”, dice Marcela, mostrando una libreta de cuentas.

  • Plan hogar que ya no pagan: $28.000 mensuales aprox. x 12 = $336.000.
  • Suscripciones que cancelaron: dos o tres servicios por $20.000–$24.000 mensuales x 12 = $240.000–$288.000.
  • Menos compras impulsivas vistas en anuncios y redes: estiman $150.000 al año.

“Al final, la cifra se redondea alrededor de los 800 mil”, dice Diego. No es solo dinero: también bajaron su consumo eléctrico, dejaron de cambiar gadgets con tanta frecuencia y compran libros de segunda mano o los piden en préstamo.

Cómo funcionan sin conexión en casa

La logística no es épica, es pura planificación. Para trámites urgentes usan Wi‑Fi de la biblioteca o del trabajo, y programan descargas “para después” con listas bien claras. Tienen una libreta en la cocina llamada “Para cuando haya internet”, con pendientes rotulados por día y prioridad.

Imprimen mapas antes de viajes cortos, guardan PDFs para leer en el metro, y anotan direcciones en una agenda de tapa azul. “No romantizamos la fricción: existe. Pero la fricción baja fuerte cuando hay hábito”, dice Marcela.

Una casa que se siente a refugio

El primer efecto fue el sueño. Sin scroll nocturno, se duermen antes y con la mente más tranquila. El segundo fue la atención: “La lectura volvió a ser profunda; dejamos de saltar de enlace en enlace”, apunta Diego. También creció el tiempo de cocinar juntos, jugar cartas y armar rompecabezas.

“No somos antitecnología”, aclara Marcela. “Solo cambiamos el lugar donde la usamos. En la calle y en el trabajo, todo fluye; en casa, bajamos un cambio”. Esa diferencia, dicen, sostiene su ánimo y su relación.

Lo que echan de menos, y lo que ganan

A veces extrañan la espontaneidad de una película a las once y una receta que aparece en segundos. Pero reemplazaron el zapping por cine club en el barrio y una olla de lentejas un sábado largo. “Nos volvimos mejores vecinos. Pedir un libro, prestar una película, invitar a leer en voz alta… se arma comunidad”, dice Diego.

El mayor “lujo” fue redescubrir el aburrimiento. “Ahí caben ideas nuevas. Aparece la guitarra, el cuaderno, la caminata sin GPS”, agrega Marcela. Es un lujo barato y, para ellos, profundamente valioso.

Si quieres probar en tu propio hogar

Pequeños pasos ayudan a explorar un hogar con menos ruido digital. Esta es su guía breve:

  • Define una “zona o franja horaria sin internet” y respétala con un ritual al inicio.
  • Cancela al menos una suscripción por trimestre y evalúa si realmente la extrañas.
  • Crea una libreta “Para cuando haya Wi‑Fi” y procesa todo fuera de casa en un solo bloque.
  • Reinstala hábitos analógicos: biblioteca del barrio, juegos de mesa, cuaderno de ideas.

“Hay miedo a perderse algo”, reconoce Diego, “pero terminamos perdiéndonos menos de lo importante: el rato compartido, la página que te sacude, la charla que se queda dando vuelta”.

Diez años después, su hogar sigue siendo un espacio de baja velocidad, hojas dobladas y café lento. No es una cruzada, es una preferencia definida. Y, entre ahorros concretos y horas más quietas, esa preferencia se convirtió en su forma diaria de estar en el mundo. “Nos basta con saber que, cuando cerramos la puerta, algo realmente se calma”, dice Marcela, y vuelve a subrayar una frase con un lápiz mina.

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